La sociedad ha cambiado demasiado en estos años, hemos perdido el idealismo, sufrimos un déficit ideológico en que ya no importan las ideas, solo la economía. Pasamos del Mayo del 68 como comienzo de un sentimiento antisistema, de un fenómeno histórico de movilización social y de un resurgimiento de las ideologías a ser una revolución fallida. Aunque, los años 70 del siglo pasado, fueron una época de liberaciones de todo tipo, de reacciones contra el sistema, de aumento del terrorismo, de indignación por la guerra de Vietnam, de crisis energética, de invasión tecnológica… La situación de crisis, y el sentimiento de marginación que sentían los jóvenes y los trabajadores por el sistema, hizo que muchos tuvieran una ideología: anarquista, trotskista, maoísta o marxista-leninista. Donde había una convicción de cambiar la sociedad, aunque los ejemplos de la URSS, el bloque de países del este o la revolución china tampoco eran los mejores ejemplos, para seguir.

En la década de los setenta, en España sufríamos una dictadura y la lenta agonía del franquismo, fue asesinado Carrero Blanco, falleció el dictador Franco, se legalizó el Partido Comunista, se elaboró la Constitución, aprendimos a ser demócratas y se recrudeció el terrorismo de ETA. La sociedad civil tenía una vitalidad extraordinaria, la transgresión tomó las calles y toda una generación exigía cambios radicales. La exigencia de libertad de expresión ocupaban las calles, se luchaba contra la censura, a favor de las ideas de la libertad y democracia. Habían manifestaciones de trabajadores y estudiantes reprimidas por los «grises», se hacían asambleas, las feministas luchaban por los derechos de las mujeres… Contra el déficit de las ideas reprimidas por el franquismo había un superávit ideológico de querer cambiar esta sociedad.

Los años 70 del siglo pasado, bebieron del marxismo y de las ideas izquierdistas, fue con la irrupción de la democracia, la legalización de los partidos políticos y de los sindicatos, el descubrir el sexo como una cosa normal, el uso de la píldora anticonceptiva por parte de las mujeres, los primeros desnudos en revistas y películas, también tuvieron su espacio las drogas, la música, la contracultura… El mundo estaba cambiando, había un idealismo y una lucha de las ideas, hasta que todo se desvaneció en los años 80 y que ha seguido hasta ahora. La utopía había muerto, solo importaba comprar el piso, el coche, el televisor, irse de vacaciones o el apartamento en la costa. Se dejó de luchar y una generación que lo tuvo muy difícil, se apoltronó, dejo de ser una generación que luchaba por un mundo a conformarse con lo que tenía. Cambió la ideología por la economía.

Pensarán los «millennials» que todo esto es una historia de abuelo, que es simplemente una memoria emocional de algo que pasó, pero no es así, era cuando las personas tenían ganas de cambiar las cosas, de luchar, de tener ideas y luchar por ellas. Nosotros perdimos la oportunidad, nos conformamos con luchar en contra de una dictadura y de recuperar la democracia, pero se nos olvido seguir luchando. Y, cuando habíamos alcanzado el mayor déficit ideológico, tuvimos la oportunidad de otra revolución fallida: el 15-M, que compartió la indignación y empujó a los ciudadanos a salir a las plazas para reclamar sus derechos. Pero, ni la desobediencia civil, ni las mareas, ni las plataformas de afectados por las hipotecas, ni los «iaioflautas», ni todo el activismo social y político han servido para que la sociedad recupere sus ganas de luchar y mejorar por todo aquello que parecía imprescindible. El déficit ideológico ha sido vencido por la economía, por el neoliberalismo…

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