La necedad estructural de la sociedad, se ha convertido en un problema estructural más, como la pobreza estructural, el hambre estructural, el machismo estructural o el racismo estructural. Donde la necedad tiene soluciones para todo, donde cualquiera se constituye en juez del bien y del mal, donde nadie duda en que se pueda equivocar, opinan y ya está. Lo estructural es lo que permanece, lo que no desaparece tras un corto periodo de tiempo. A la necedad no le preocupa la verdad de las cosas, busca el morbo, la ambigüedad, la sorpresa, la imprudencia y normalmente su opinión personal no es razonada, se basa en impresiones o en modas que defienden y propagan en redes sociales. Casi siempre, la necedad no es ignorancia, es mala fe. Sorprende que la necedad de la gente llegue a tales extremos, que el límite de la estupidez es lo que consigue tener mayor número de seguidores o mayor audiencia en un programa de televisión, red social o partido político.

No podemos catalogar de necios a los que no piensan como nosotros, a los que piensan diferente, aunque uno tiene la razón de que los necios siempre ganan por mayoría. Son capaces de seguir las ideas más insospechadas con empecinamiento, con pasión, muchas veces son equivocadas, pero no muestran ni el más mínimo rubor en aceptarlas como suyas y defenderlas. Hay tanto necio, que son capaces de creer cualquier teoría de la conspiración o las más absurdas burradas. Desde el terraplanismo que afirma que la Tierra es plana; pasando por el negacionismo del Holocausto de los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial; poner en duda hechos como que el ser humano llegó a la luna; que una organización secreta conformada por una élite exclusiva llamada Illuminati controla el mundo y ahora teorías de la conspiración sobre el coronavirus.

Ayer domingo, en la Catedral de Valencia, el cardenal Antonio Cañizares, ha afirmado en una homilía que una de las vacunas que se investiga para luchar contra el coronavirus se fabrica a base de células de fetos abortados. El cardenal también afirmó  que el demonio estaba presente así en la sociedad. Parece que la Iglesia se ha unido al movimiento antivacunas, personas que rechazan el uso de una vacuna y que muestran su rechazo a que las vacunas sean obligatorias. Muchas personas consideran que la gestión política de la pandemia está sirviendo en realidad de tapadera para poner en marcha otro tipo de intereses y reducir las libertades y derechos de la ciudadanía.

El escepticismo y las fake news ha surgido esta vez del cantante Miguel Bosé, que afirmaba hace solo unos días en Twitter que el coronavirus no es más que “la gran mentira de los gobiernos” y que la Fundación Bill y Melinda Gates tiene intereses en laboratorios en el desarrollo de vacunas, que pretende incorporarnos microchips o nano bots que le permitan controlar a la población mundial. Argumentos que, el presidente de la Universidad Católica San Antonio de Murcia, José Luis Mendoza ha insinuado esa misma conspiración entre el cofundador de Microsoft Bill Gates y el magnate George Soros para implantar chips en las vacunas contra el coronavirus. Lo triste de palabras como Cañizares, Bosé, Mendoza o Trump es que desatan mareas de críticas, pero también el aplauso de los necios que comparten sus puntos de vista. 

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