Los vecinos y vecinas de La Palma han sufrido la impotencia ante un volcán, el de Cumbre Vieja, durante 85 días desde su erupción en la isla canaria, hasta el 13 de diciembre, que se ha mantenido activo. Desde que comenzó la erupción el pasado 19 de septiembre, en la zona de Cabeza de Vaca, en el municipio del El Paso, las coladas de lava han arrasado una superficie de alrededor de 1200 hectáreas y más de mil edificaciones han sido arrasadas. Tras casi tres meses de desconcierto e incertidumbre en la isla, se establece un plazo de diez días de calma para declarar extinguida esta erupción. Ahora, habrá que esperar a que concluya el enfriamiento de la lava, la emisión de gases y la recuperación de servicios esenciales. La erupción del volcán de Cumbre Vieja ha provocado una sobreinformación de los medios y redes sociales en la que se han colado bulos, falsos datos y exageraciones, donde como en todas las desgracias se han recreado en el espectáculo.

Que haya una erupción, no es ninguna novedad, como el resto de Canarias, que es una isla de origen volcánico. Es complicado dar pronósticos sobre lo que está pasando bajo la tierra, no podemos saber si se volverá a reactivar el volcán. Lo único que podemos hacer es estudiar los hechos volcánicos históricos, la octava en la historia de La Palma, una isla en formación, relativamente joven en términos geológicos. La prevención de las erupciones en Canarias  resulta fundamental, para evitar riesgos para la población, bienes y servicios. Pero, la fuerza de la naturaleza, nos obliga a dejar de pensar que somos capaces de controlarlo todo. Cuando se acerca una erupción, un terremoto o unas inundaciones, el ser humano siente la impotencia de poder hacer muy poco y se siente vendido ante la naturaleza.

El volcán ha destruido viviendas, explotaciones agrícolas e infraestructuras, pero sobre todo ha destruido vidas y sueños. Aparte de la economía local, aunque el Gobierno de España haya prometido medidas fiscales de apoyo social y ayudas a los damnificados, el tiempo demostrará si llegan a tiempo o se quedan solo en promesas. Pero, todo ello demuestra la insignificancia de nuestras fuerzas ante la potencia desorbitada de una naturaleza que tiene sus tiempos, sus formas y sus consecuencias. Los seres humanos no somos los dueños de la climatología, ni de los volcanes, ni siquiera somos capaces de evitar las enfermedades. La sociedad nos ayudado a endiosar, pero la naturaleza nos demuestra que no somos capaces de controlar muchas cosas y nos recuerda la impotencia continuamente.

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