La Semana Santa es una de las tradiciones más ligadas a la sociedad española, no sabemos muy bien, si es por tradición o por fe. Pero todos estamos esperando estos días, en que cada uno opta por lo que quiere hacer: unos para descansar, para viajar o para demostrar su fe amparada en la libertad de culto y el respeto a las creencias religiosas. Lo que pasa es que muchas veces, la fe y la tradición de muchos, condicionan la de todos.

Podría encontrar muchos argumentos en contra de la Semana Santa, pero quizás serían porque no tengo fe o porque simplemente no lo siento ni lo entiendo. Podría criticar la falsa espiritualidad, el excesivo fervor y la falta de fe de unas personas, que no demuestran con sus actos del día a día sus valores del humanismo cristiano. Pero, como siempre generalizar es equivocarse, y a lo mejor algunos lo sienten de veras. Podría juzgar el lujo, la suntuosidad, el excesivo dinero que se gasta en las imágenes, en los pasos, en los tronos, que no dejan de ser unas obras de la imaginería y por lo tanto, obras de arte. Podría criticar, incluso, el por qué de estas procesiones y de estas celebraciones en un país aconfesional, pero quizás parecerían ataques intolerantes.

A mi no me gusta la Semana Santa, no siento ningún fervor, incluso me molesta que se convierta casi en una obligación tener que vivir y aceptarlo como fiesta religiosa para todo el mundo. Me inclino a verla como un mero espectador, tanto lo que compone sus procesiones y actos religiosos, como las reacciones de las personas observándolo.A veces, hasta llego a cuestionarme, cuántos de esos asistentes a esos fervorosos eventos realmente son creyentes, cuántos votan a partidos de izquierdas, cuántos mantienen una postura hipócrita y solo les importa un cierto tipo de postureo. La Semana Santa tiene la facultad de unir a pobres y a ricos en nombre de una creencia y de una fe en una determinada Virgen o Cristo, donde unos se olvidan de sus precariedades y necesidades; y, otros se olvidan de las carencias y de las preocupaciones de los más pobres. Unos quizás, dando gracias a Dios y pidiendo para que les dé algo más, y otros para que sigan teniendo cada vez más.

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