La «Madrugá» es esencia de Sevilla. Cuando no eres sevillano, no entiendes muchas cosas de Sevilla: de su historia, de sus calles, de sus gentes, de su Feria y de su Semana Santa. No entiendes sus costumbres, ni sabes apreciar el azahar de los naranjos ni el incienso de sus procesiones. No ser sevillano, es quizás ver a Sevilla como una hermosa ciudad, llena de historia y con mucho encanto, pero nada más. No ser sevillano, es observar a los sevillanos como gente ni más simpática, ni más hospitalaria; ni mejores ni peores que los de cualquier lugar. Aunque, algunos más vanidosos; porque ellos advierten la importancia de haber nacido en Sevilla y lo exaltan. No ser sevillano, no hay que proclamarlo a gritos, todos lo saben cuando te oyen hablar, sin embargo los sevillanos, lo proclaman, están orgullosos de haber nacido en Sevilla y de tener un sentido diferente de vivir la vida.

No ser sevillano, no te deja ver la perspectiva que tiene la Madrugá, para los sevillanos es la noche más mágica y especial de la Semana Santa, es algo más que un conjunto de procesiones. En las calles sevillanas se confunden los sevillanos y los turistas; lo creyentes y los ateos; los de izquierdas o de derechas. Se puede estar de acuerdo o no con la Semana Santa y con la Madrugá, pero es algo que hay que respetar como parte de las costumbres y fe de los sevillanos. Nadie está obligado a ir, aunque si estás o vives en Sevilla tendrás que soportar o disfrutar. Pasa lo mismo que cuando hay fútbol, a los que no les gusta tienen que sufrirlo.

La Madrugá también es la gran botellona de la primavera, antes de la Feria. Es el momento que miles de jóvenes, se ponen sus mejores prendas, compran sus botellas de alcohol y teniendo como excusa ver pasar el Gran Poder, la Macarena, la Esperanza de Triana, los Gitanos, … Disfrutan la Madrugá, la mayoría tienen como objetivo pasarlo bien y otros montar follón creando una situación de pánico y miedo, para también, a su manera, pasárselo bien. No es una broma jugar a sembrar miedo en unas calles estrechas, llenas de gente, con barreras y palcos de la Carrera Oficial.  Quizás se ha intentado minimizar el acto vandálico, por parte de las autoridades, sin dar mayor importancia al hecho, por miedo que pueda repercutir en la imagen de Sevilla y del turismo que viene cada año a la Semana Santa hispalense.

No soy sevillano, pero estaba en la Madrugá, y pude vivir el pánico, las carreras, la multitud huyendo del centro, un centenar de personas heridas… A pesar del nivel 4 de alerta antiterrorista, de las medidas restrictivas que se aprobaron respecto a los veladores y la no expedición de bebidas alcohólicas en la calle, hubo demasiado revuelo en las calles. No me parecieron el resultado ni de una casualidad, ni de un efecto dominó. Todo hacía sospechar que había una conspiración y una concertación entre los gamberros que causaron los desordenes. La gente tenía miedo, todos estamos muy sensibles ante la amenaza del terrorismo islamista, las redes sociales empezaron a funcionar y a extender comentarios como la pólvora, muchos regresamos a nuestras casas, otros se quedaron en la Madrugá, pero nada ya fue igual. Los gamberros y su botellona se cargaron la Madrugá sevillana, profunda y superficial a la vez.

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