Hacer las cosas con rapidez, deprisa, de manera apresurada, conduce en muchas ocasiones a empeorar las cosas. A veces es necesario decidir si algo puede esperar o debe ser puesto en marcha con prontitud, porque cada situación requiere de un análisis pormenorizado y contextualizado para no acabar con lo que funciona hasta ahora, con el intento de que funcione todo en su totalidad. Es aquello, de que lo primero es lo importante y después lo urgente, porque hay situaciones que son urgentes y deben atenderse a la brevedad, pero otras pueden esperar. Muchas veces, se quieren  resolver los problemas con rapidez que se han venido desarrollando a lo largo de muchos años, en muy poco tiempo o simplemente queremos tener prisa porque hay demasiadas presiones externas.

Había demasiada prisa para acabar la desescalada, para iniciar una «nueva normalidad», pero nadie parece pensar que el coronavirus sigue con nosotros, que no hay vacuna, que sigue la posibilidad de contagio y que puede haber rebrotes este mismo verano o el próximo otoño: con el comienzo de los desplazamientos, de la vida social, las vacaciones y la vuelta al colegio. La prisa por recuperar lo perdido por la economía, el deseo de no perder el turismo o simplemente el deseo de las personas de volver a su vida normal, han supuesto demasiadas presiones al Gobierno de España, que siempre ha ido detrás de los acontecimientos. Aparte, del intento por parte de la oposición política, de intentar forzar los acontecimientos para volver a la «nueva normalidad», como herramienta de presión y desgaste al Gobierno de España.

No son buenas las prisas, como en la fábula de Esopo de la liebre y la tortuga, aún siendo más lenta la tortuga que la liebre, la tortuga siguió su camino hasta que llegó a la meta. Lo importante no es la rapidez, sino las consecuencias futuras de las acciones presentes. Lo importante no es llegar al final de la desescalada y a la «nueva normalidad», es tener todas las precauciones para que no volvamos a un confinamiento. Ha influido la rapidez en las cuestiones económicas y políticas, que la opinión de los expertos, que conocen la problemática a la que nos enfrentamos. Probablemente nos estemos equivocando relajando las normas de seguridad, quizás hubiéramos tenido que explorar otras alternativas después del confinamiento.

No hay que ser científico para aceptar una realidad: el virus no se ha ido, está entre nosotros y no tenemos vacuna. Esta es la única verdad que tenemos, podrá haber diferentes interpretaciones, pero esta es la coincidencia entre una afirmación y los hechos. Los hechos son los que nos darán o quitarán la razón sobre si hemos tenido demasiada prisa o no. En plena pandemia, después de tres meses de alerta sanitaria y de vuelta a la «nueva normalidad», todo queda bajo la responsabilidad personal de cada uno, pero quizás no sea suficiente, porque todo el mundo no es lo suficientemente responsable. Y, en una pandemia no es que unos lo sean, sino que lo seamos todos. Como dijo Julio César, al cruzar el río Rubicón con sus legiones: «alea iacta est», la suerte está echada…

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