Cuando acaba un año y comienza uno nuevo, siempre te queda un sentimiento de frustración, de todos esos propósitos, autoengaños y objetivos que nos habíamos marcado y que por una o por otra razón no hemos podido cumplir o realizar, sea por culpa nuestra o por otros motivos. La frustración es inherente a la condición humana, porque hemos de asumir que es imposible lograr todo aquello que uno desea y en el momento en que se anhela.

Podemos plantearnos propósitos personales como adelgazar, hacer deporte, perfeccionar un idioma, leer o mantener la amistad… Podemos marcarnos a nivel de sociedad tener estabilidad política, evitar la desigualdad social, tener un consumo responsable, la conservación del medioambiente o la solidaridad… Pero, casi siempre pasa el año y no se cumplen nuestras expectativas, fallamos a nivel personal y colectivo.

Estamos tan acostumbrados a la frustración, es decir, a no conseguir lo que queremos, que nos acostumbramos a considerar las cosas como normales, como si fueran el fruto de un devenir que no está en nuestras manos. Nos acostumbramos a no luchar, a no hacer nada para que las cosas puedan cambiar. En esta sociedad en que solo prevalece la inmediatez, en que el presente pasa a ser pasado en breves instantes, nos convertimos en egoístas, y anteponemos el hedonismo a la ética y a las ideas.

Somos capaces de acostumbrarnos a ver la muerte de víctimas inocentes, a la injusticia, a la insolidaridad, a controlar nuestras emociones, a olvidar objetivos y expectativas, a desmotivarnos, a trabajar precariamente, a pensar en encontrar la felicidad en el consumismo, a ser cada día más egoístas. Somos cada año más tolerantes a la frustración y nos marcamos nuevos propósitos como simple postureo con el pretexto de cambiar de año.

Mañana todo será igual, habremos cambiado de año, brindaremos o no por el nuevo año. Pero, todo seguirá igual: unos volverán a su trabajo, otros seguirán en paro; unos gozarán de estabilidad económica y otros sufrirán la mayor de las desigualdades; unos perderán sus viviendas; otros tendrán que abandonar sus países para encontrar marginación y xenofobia. Otros se harán cada vez más ricos y poderosos. El planeta estará más contaminado, habrá guerras, morirán miles de personas de hambre… E, incluso seguiremos con un gobierno en funciones y sin la seguridad de tener una investidura. Mientras, seguiremos pensando en cambiar de smartphone, en el viaje que vamos a hacer en las próximas rebajas o en que no tenemos dinero para llegar a fin de mes, según sea el caso. 

Me resisto a desear feliz año, porque un cambio de año no cambia nada. Yo deseo lo mejor a todos y en cada uno de los momentos, no necesito cambiar de fecha para caer en la hipocresía de desear felicidad a los demás. Me resisto a caer en la trampa del consumismo y de la manipulación. Quiero seguir pensando que depende de mí que este mundo pueda cambiar y mejorar, quizás sigo siendo demasiado iluso o simplemente un aprendiz de utopía, por eso cada año que pasa, siento frustración por todo lo que no he sido capaz de cambiar… 

 

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