Tener unos indicadores nos permite llevar un registro de comportamiento y de evolución, para poder establecer planes de acción cuando se salgan los indicadores de la tendencia esperada. Establecer una valoración de un riesgo, nos sirve para tener unos criterios comunes a partir de los cuales determinamos unos niveles de riesgo. Lo importante es que cuando se quiera medir algo, se haga como estrategia de prevención y de acción. Porque, los indicadores deben servir para tomar decisiones e iniciar mejoras, a través de unos semáforos que nos indicarán si: es correcta, moderada o totalmente inaceptable sus registros. El Ministerio de Sanidad estableció cuatro niveles de alerta a partir de unos indicadores para el control de la pandemia del COVID-19 en España, clasificando el riesgo en bajo, medio, alto y extremo.

Situando la «nueva normalidad» en que la incidencia acumulada de casos diagnosticados en 14 días fuese de ≤25 casos por 100.000 habitantes; el riesgo bajo en >25 a ≤50; el riesgo medio en >50 a ≤150; el riesgo alto en >150 a ≤250 y el riesgo extremo en >250. Siendo ahora, de 860 casos de media en España y en algunas CC. AA. pasando de 1.000 casos. ¿Podemos llamar igualmente «riesgo extremo» con 250 o con casi 1.000 casos de incidencia? Está claro que la percepción de los datos es diferente según el partido político, si es el Gobierno de España o autonómico, o si le ha afectado la pandemia directamente o no. Porque el riesgo, debe tomarse como una cuestión que se debe combatir y no como una mera exposición de indicadores. No sirve de nada la prisa, ni unas estadísticas, sino se hace nada para que mejoren. Y, que conste, toda cifra superior a 200 casos no es un éxito, es un fracaso. Ni para «salvar» el verano ni la Navidad. Si no llegamos nunca a la ansiada nueva realidad en cifras, ¿ Cómo podemos pensar en poner nuevas medidas menos restrictivas?

Están jugando con todos nosotros: con nuestra salud, con nuestras vidas, nuestras emociones y con nuestra economía. Comenzamos el 2021 con la esperanza en las vacunas por un lado, la falta de suministro de las farmacéuticas y el miedo a nuevos rebrotes del virus por otro lado. No podemos olvidar seguir manteniendo las medidas de distanciamiento social, mascarillas, higiene de manos y mucha precaución. Pero, también medidas para frenar la movilidad, por parte de los gobiernos, porque el virus se mueve con demasiada rapidez. La pandemia acabará cuando cuando tengamos inmunidad de rebaño, que un porcentaje muy alto de la población haya desarrollado inmunidad frente el coronavirus o que la mayoría estemos vacunados. Y, quedarán los daños colaterales al Covid-19, en cuanto a la perdida o disminución de calidad de atención sanitaria en pacientes con patologías crónicas y con interminables listas de espera. Demasiados indicadores, demasiados riesgos y muy pocas soluciones. Seguro, que pronto escucharemos a los nuevos «profetas» de «salvar»: la Semana Santa, las Fallas, los Sanfermines o el verano… ¡No tenemos solución!

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