La rapidez es una virtud que genera un vicio, que es la prisa. Vivimos en la era de la inmediatez y de la prisa, nos hemos acostumbrado a llevar un ritmo acelerado para todo, siempre corriendo. Queremos que todo sea resuelto de manera inmediata, nuestro nivel de tolerancia ante no poder conseguir las cosas rápidamente nos lleva muchas veces a la frustración. No disfrutamos el momento actual, porque lo vivimos de forma esporádica y espontánea, pensamos en el futuro, sin vivir del todo el presente. Vivir deprisa es sobrevivir, vivir sin miedo es quizás una irresponsabilidad, pero vivir con incertidumbre ante las urgencias, es no vivir. Nos esforzamos en hacer muchas cosas en el menor tiempo posible, nos habituamos a la prisa como estilo de vida y nos olvidamos a distinguir lo urgente de lo importante. Porque se tiende a querer solucionar las cosas urgentes, cuando quizás es necesario prevenir que surjan estas urgencias. Todas las urgencias que tenemos hoy, no hemos sido capaces de verlas con antelación y solucionarlas antes de que se conviertan en una urgencia. 

La enfermedad de la prisa nos impide ser responsables, analizar las cosas con calma, querer solucionar sin el equilibrio suficiente todas las cosas, no importa el cómo, solo nos vale la inmediatez. Dijo el poeta Antonio Machado que: «Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas». Pero, eso se olvida, lo importante es hacer algo, aunque no esté del todo bien. Si analizamos estos pasados meses se tenía prisa para que lo del coronavirus pasara como si fuera una mala gripe, tuvimos prisa en la desescalada, prisa por sentarnos en una terraza. Prisas para podernos ir de vacaciones, para quitarnos la mascarilla; prisa también para poner en orden el próximo curso escolar, sin darnos cuenta de que ha cambiado el escenario y sobre todo, mucha prisa para encontrar una vacuna.

Las prisas por alcanzar resultados en las urgencias no son buenas consejeras, la sociedad no se preocupa de muchas cosas importantes hasta que no son urgentes. Hemos sido noqueados por una pandemia, pero una pandemia era una riesgo probable, previsible, por factores como: la movilidad propia del mundo global, el aumento de temperatura causado por el cambio climático o el progresivo envejecimiento de la población. Todo esto se ha desestimado por los gobiernos, aún teniendo el aviso por parte de los científicos, pero nadie estaba preparado. No había mascarillas, respiradores, gel hidroalcohólico, personal médico o UCIS. Todo se quiso solucionar con prisa, esfuerzo humano y profesionalidad de muchos.

Todo el mundo tenía prisa por el desconfinamiento, por recuperar unas competencias, por una desescalada rápida, por recuperar la libertad, por alcanzar la nueva normalidad, por salvar la economía, para que llegara el turismo… La prisa era lo único que importaba ante una sociedad emergente con prisas. Ahora, todo el apremio es por llegar a una inmunidad de rebaño y a la forma más segura de lograrlo, que es con la vacuna. Una vacuna contra el coronavirus, que nadie tiene la certeza de saber si estará disponible el 2021 o posiblemente más tarde, donde no es seguro que nos pueda proteger del virus o simplemente que la industria farmacéutica no pueda fabricar suficientes dosis para todo el mundo. De momento la única certeza, es que seguimos teniendo rebrotes y que ellos si parecen tener prisa…

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