Existen muchos ejemplos de irresponsabilidad en esta sociedad, de comportamientos dañinos a los intereses colectivos. Comportamientos que chocan con las reglas definidas y establecidas en la sociedad, que son las que nos marcan lo que se puede hacer y lo que no. La irresponsabilidad ataca también a la libertad, porque hacer lo que uno decida no debe de afectar al interés colectivo. Los que ejercen la irresponsabilidad son los responsables de hacer las cosas mal, que por cierto, no tienen nada ver con la responsabilidad. Que la amamos y la detestamos al mismo tiempo, implica poder cumplir con lo que se espera de nosotros, pero movemos a conveniencia el limite de nuestra responsabilidad, según nos interese. La responsabilidad nos ayuda a responsabilizarnos con unos objetivos, tareas u obligaciones, a tener en cuenta de antemano los esfuerzos qué va a requerir dicha responsabilidad y a respetar los derechos de los demás. Por eso es más sencillo para muchos, «no cumplir con una obligación, compromiso o tarea asignada de forma voluntaria u obligatoria», sin tener en cuenta o previstas las consecuencias que puede tener hacia sí mismo o hacia los demás.

Supongo que hay más actos responsables que irresponsables y que se cumplen más las obligaciones y los deberes, pero los actos irresponsables parece que tienen siempre más relevancia o nos fijamos más. Nos damos cuenta en la calle, en el trabajo o en nuestras relaciones sociales, de esas conductas no responsables: de no llevar la mascarilla o llevarla mal puesta, de no respetar la distancia social, de no lavarnos las manos o de hacer reuniones con más de seis personas…  Con estos actos de irresponsabilidad podemos enfermar, podemos contagiar a otro y además contribuimos a que sigan las restricciones. Pero, no son solo los jóvenes con su deseo de disfrutar la vida, pueden ser sus hermanos mayores o sus padres en hacer comidas y reuniones privadas con amigos y familiares, uno de los principales focos de contagios. Resulta que queremos libertad, pero se nos olvida ejercerla con precaución y la convertimos en irresponsabilidad.

Ser irresponsable significa también, que se es culpable de no cumplir unas normas y que se debe responder por un hecho y que la irresponsabilidad no es solo de los ciudadanos, sino que puede ser también de nuestros gobernantes. Cuando no existen unas directrices claras, cuando «donde dije digo, digo Diego», cuando llegan tarde, cuando ponen en juego la vida de los ciudadanos, cuando cuesta tomar decisiones por su repercusión electoral, cuando da la sensación de improvisación, cuando los gobiernos autonómicos, que tienen las competencias, no han puesto medios para tener más rastreadores y más medios en la Atención Primaria y en los hospitales. Esta irresponsabilidad es compartida, es tan grave o más, que las personas que incumplen unas normas. No se puede estar apelando constantemente a la responsabilidad ciudadana, cuando muchas de las soluciones están en manos de nuestros gobernantes.

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