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Por un Estado laico de personas libres.

Laico no quiere decir ser antirreligioso: quiere decir que la religión y la política estén separadas, y que nadie está por encima de la ley. Un Estado laico es el que no tiene ninguna religión oficial y en el que hay una plena separación entre las confesiones religiosas y el Estado. La Constitución de 1978 perdió la oportunidad de declarar a España como un Estado laico. Pero, la jerarquía católica consiguió que se quedara como un Estado aconfesional.

Un Estado plenamente democrático y una sociedad libre, es en la que sus ciudadanos no están condicionados por ninguna institución religiosa, que nos diga lo que tenemos que pensar o decidir por nosotros mismos. Si queremos ser realmente libres, la Iglesia católica, no debe imponer sus normas a las costumbres y comportamientos sociales e individuales de toda la sociedad.

Ser un Estado aconfesional significa que no hay ninguna religión oficial del Estado, pero sin embargo sigue habiendo una serie de privilegios con la Iglesia católica. Yo respeto al que cree. Al que de verdad cree. El que va a misa. Tiene fe, sigue el Evangelio y lo traduce en obras. Los que rezan porque necesitas hacerlo. Y, respetan a los que creen diferente y a los que no creen.

La religión no puede ser una cuestión de postureo, apariencia o simple hipocresía. No puede ser una cuestión repentina donde en determinadas fechas se es cristiano. O eres cristiano o no lo eres. Ser cristiano es serlo todos los días, con todas las personas y en todos tus actos. Creer es algo más que una costumbre o parte del folklore y llenar las calles en Semana Santa, en una romería o en la visita del papa.

Hablo de esos que se dicen cristianos, que no son creyentes, ni fieles. Esos que bautizan a sus hijos, que hacen la comunión, pero que después no van a misa, ni saben rezar ni les importa. Los que hablan de fe, pero que están lejos de la Iglesia, que no cumplen el catecismo y que no practican lo que dice. Que para ellos la Biblia les queda tan lejos como el Corán. Son los de lágrimas impostadas, gritos vacíos y emociones que se confunden con la fe. que presumen de ser cristianos, pero se olvidan de la palabra de Jesucristo.

Millones de personas, que durante estos días del viaje del papa León XIV, no han entendido ni una palabra del Evangelio, que han participado de un teatro, donde era más importante el decir «yo estuve allí», la foto o el video, que el propio mensaje. Y, por supuesto lo rápido que lo olvidarán. Esos que se disfrazan de cristianos de pacotilla, que no conocen, ni viven la fe. Que hacen de la cruz un decorado y una excusa para imponerlo, sin ningún tipo de respeto, a todos los demás. El Cristo que murió en la cruz por todos nosotros, el que expulsó a los mercaderes del templo. Si volviera hoy, no creo que le gustara estos espectáculos proselitistas.

La religión se debería interesar por dialogar con otras perspectivas. No asumir que todos los demás están equivocados, intentar no adoptar actitudes desde una perspectiva cerrada, cuando se trata de opiniones ajenas a las suyas. Un Estado laico es el que cree en personas libres y no acepta ni privilegios, ni injerencias.

La Iglesia católica, ni ninguna confesión, puede ser contraria a la voluntad democrática de la sociedad. Los derechos son las necesidades de las personas, que han sido reconocidas jurídicamente, a través de leyes internacionales, nacionales y autonómicas. Reconocer un derecho no obliga a nadie, simplemente ofrece una posibilidad más a la libertad. El que por moral personal o creencia no lo acepte, tiene todo el derecho a rechazarlo, pero no por eso a negarlo.

La sociedad es plural y avanza en el reconocimiento de derechos, leyes como el divorcio, el aborto, los medios anticonceptivos o la propia eutanasia. El Estado tiene la obligación de pensar en todos y en todas. Reconocer un derecho no obliga a nadie, simplemente ofrece una posibilidad más a la libertad. Sea un derecho social, sexual, reproductivo o con fines terapéuticos para tener el derecho a morir con dignidad y a decidir sobre la propia vida. Cuando las religiones se interponen en el camino de la libertad, se convierten en perjudiciales.

Un Estado laico es el único que puede defender nuestra convivencia democrática, el fomento del pluralismo ideológico y nuestra propia condición de ciudadanos libres e iguales en derechos. El Estado tiene la obligación de velar por los derechos de todos los ciudadanos sin ningún tipo de discriminación y mantenerse neutral ante las diferentes opciones religiosas, garantizando a todas ellas el ejercicio de sus derechos, al margen del arraigo que hayan podido alcanzar o de su dimensión social.

La garantía de la libertad de conciencia y de creencias es fundamental para que sea posible una sociedad justa y solidaria, sin discriminaciones por razones religiosas, culturales o sociales. La laicidad no es ser antirreligioso ni anticlerical, es simplemente ser anticonfesional. Liberar a la sociedad española de esa doble moral, de que la ciudadanía sea libre en sus comportamientos y no sea impuesta por ninguna confesión.

Un Estado laico en el que no esté impuesta una monarquía católica, en el que no se mezcle en el ámbito oficial, la religión y el Estado. En la que la presencia oficial de nuestras autoridades políticas en celebraciones religiosas, lo sean a título personal. Porque dichos cargos han sido escogidos democráticamente, seamos creyentes, ateos o agnósticos. En un Estado laico, las personas pueden o no tener religión, pero el gobierno, los gobernantes y las instituciones públicas deben permanecer neutrales ante cualquier creencia: esto es la laicidad.

Sigo reiterando en este viaje de León XIV que «no es bienvenido«, no por ser el jefe de la Iglesia católica, sino por ser un viaje como jefe de Estado, con protocolo oficial, recepción en instituciones y presencia en espacios públicos, vulnerando el principio de aconfesionalidad del Estado recogido en el artículo 16 de la Constitución.

No comprendo que el presidente del Gobierno Pedro Sánchez, que no ha acudido a ninguna celebración religiosa hasta ahora, buscando la opción de hacer funerales de Estado. Asista a la misa de la inauguración de la Torre de Jesús en la Sagrada Familia y con la presencia de catorce ministros. Una presencia que no está en relación con unos partidos políticos que hacen gala de ser progresistas y laicos. Mezclando una vez más Iglesia y Estado. Que tampoco tiene ninguna explicación en un Estado aconfesional como España y que un día espera sea un Estado laico de personas libres.

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