Toda sociedad tiene el derecho inalienable a conocer la verdad sobre los acontecimientos sucedidos en el pasado y el Estado tiene la obligación de recuperar la memoria histórica como un patrimonio de toda la sociedad, desclasificando todos los documentos, poniendo transparencia. Porque no puede haber democracia sin justicia, ni justicia sin saber la verdad. No podemos aceptar, como decía el filósofo Ludwig Wittgenstein: «De lo que no podemos hablar debemos guardar silencio». El 23 de febrero de 1981, hubo un golpe de Estado fallido para poner fin a la Transición democrática iniciada tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975. Aparte de las imágenes del asalto al Congreso de los Diputados, nos contaron que el rey Juan Carlos jugó un papel vital para desactivar la intentona. Pero, nada más.

En esta España nuestra, siempre nos ha costado profundizar en el pasado, se quiso hacer una Transición sin importar los miles de muertos en las cunetas sin identificar, sin importar las violaciones de los derechos humanos, sin reparar a las víctimas, sin buscar a los responsables, sin contar los hechos acontecidos. Se vendió la construcción de un Estado democrático cimentado sobre el silencio y la impunidad. Era la época del miedo: a otra dictadura, a que la democracia no se consolidara, a otra guerra… Se quiso poner fin a una dictadura de 40 años, con el olvido. Una amnistía a cambio de la verdad y la explicación pública de los hechos. Y, lo que está claro, es que no es posible hacer una reconciliación sin justicia, hemos de exigir el derecho a conocer la verdad.

Un grupo de militares y Guardias Civiles, quisieron poner en solfa a la joven democracia española. Con problemas económicos, el terrorismo de ETA, la actitud de resistencia por parte de sectores del ejército y de la extrema derecha que no aceptaban el nuevo estado democrático. El intento de golpe del 23-F es una parte de nuestra historia que se quiso acabar también con el silencio. Unos golpistas que nadie aleccionó; unos golpistas que creyeron que el rey sería partidario del intento; donde el Rey no se pronuncio en los primeros momentos del golpe, espero a hacerlo, vestido de militar, pasadas la 1 de la madrugada del 24 de febrero. El rey Juan Carlos I como mando supremo de las Fuerzas Armadas, puso en marcha su autoridad en la defensa de la democracia. Y, este es el bonito final del 23-F: sin más explicaciones, sin más responsables de la conspiración. No importa el fracaso de los servicios de inteligencia, ni la conspiración de muchos militares y supongo que una trama civil.

La sociedad aceptó que había ganado la democracia, olvidando los argumentos y los protagonistas de una estrategia de involución. Donde la verdad no se conoció y la impunidad se desvaneció con el paso de los años. Y, donde el rey fue doble protagonista: donde se tejió un golpe en torno al rey y donde el rey decidió defender la democracia. Tenemos derecho a conocer toda la verdad, a conocer todos los documentos sobre el 23-F, a que se desclasifique toda la información y a que sepamos toda la verdad…

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