La apología de la espectacularidad siempre ha sido una constante de la Iglesia, que siempre ha buscado la grandiosidad con sus catedrales e iglesias. Erigidas y concebidas a lo largo de los siglos para reflejar la grandeza divina. La Iglesia ha sido el mayor mecenas y productor de arte en la historia de la humanidad. Donde la Iglesia apostó por la suntuosidad, que está en consonancia desde el diseño del lugar de culto, su liturgia, su iconografía, su jerarquía y sus fiestas.
La Iglesia apuesta por un performance que es arte en vivo, es transformar lo cotidiano en una experiencia artística. Donde los sacerdotes presentan una idea y hacen partícipes a los fieles de ella. Un rito que lo convierten en un espectáculo, que no está basado en la improvisación, sino en la perfección de repetir siempre lo mismo. Donde lo importante es la interrelación con los seguidores y fieles. Su actuación o interpretación es fundamental para que la Iglesia lleve más de dos mil años.
Las primeras iglesias expresaban su fe con un arte recatado y sencillo, hasta que apostaron por la apología de la grandiosidad. Donde el cristianismo se dividió y los protestantes buscaron lo austero, recatado, sencillo, la ausencia de imágenes. Mientras la Iglesia Católica comenzó a crear un arte asombroso, con una rica iconografía que poco tiene que ver con su mensaje original de humildad y pobreza. Una Iglesia que definió la grandiosidad en sus templos y en el arte, pero también en la estructura jerárquica y en la práctica litúrgica.
Una Iglesia que tiene poco que ver con aquel nacimiento del hijo de Dios y de los orígenes de los Apóstoles. Todo el mundo, creyentes y no creyentes, se han preguntado alguna vez, por la riqueza de la Iglesia. Pero, tienen la habilidad de mostrar la otra Iglesia, la misionera, la que ayuda y colabora con los pobres. Porque la Iglesia sabe muy bien utilizar los sentimientos y las desigualdades sociales. Para hacer un mandato ético y cristiano. Centrándose supuestamente, en la atención y en los esfuerzos a los más desfavorecidos y vulnerables de la sociedad.
La Doctrina de la Iglesia, lo tiene todo esto muy presente. El viaje del papa, ha sido una mezcla de espectacularidad y de evangelización. Sabiendo mezclar desde su injerencia política, la bendición de recién nacidos, actos de gran afluencia, visitar una cárcel. Hablar en catalán y poner el colofón en la grandiosidad y espectacularidad de la inauguración de la Torre de Jesús en la Sagrada Familia. Que acabará con el viaje a Canarias, para mostrar su solidaridad con la inmigración. Una agenda cuidada y elaborada de la Iglesia que ha conseguido sus propósitos.
Mezclar espectacularidad intentando impresionar y jugar con los sentimientos humanos. Con esos testimonios que buscan encontrar el lado sensible de las personas, para poner a Dios y su amor como la gran solución a un mundo con demasiadas desigualdades. A la diplomacia vaticana, no se le escapa nada, son únicos en conseguir la excelencia. Aunque nos moleste a algunos, hay que reconocer que son verdaderos profesionales del espectáculo y de la convicción. Y, que cuentan con la participación de sus seguidores y fieles.
El viaje a España de León XIV ha tenido el colofón de la espectacularidad y la escenografía de la inauguración de la Torre de Jesús, digna de unas olimpiadas o de una Super Bowl. Quizás excesiva, aunque un buen reclamo turístico para Barcelona y para la Iglesia. Donde RTVE ha colaborado en ser la plataforma para que llegue a todo el mundo. La Iglesia y sus objetivos, siempre cuentan con alguna colaboración valiosa. Que le permitirá seguir otros dos mil años más, por lo menos…
