En menos de un mes de campaña de vacunación en Israel, la han recibido más de 2 millones de personas, al menos la primera dosis de la inyección de Pfizer-BioNTech, lo que representa más del 25% de su población y el 8 % ya tiene puestas las dos dosis. El sistema de salud en Israel es uno de los mejores servicios de salud a escala mundial, su capacidad tecnológica y logística le permite tener unas infraestructuras para su almacenamiento y distribución de las vacunas. Pero hay un dato aún más importante, ellos no tienen problemas de demora, ni de abastecimiento de vacunas, porque la pagan más cara que ningún país. Aunque no hay datos oficiales sobre el precio de la vacuna, dicen que Israel paga casi el doble del precio que acordó la Unión Europa con Pfizer, aparte del compromiso de Israel de enviar un informe semanal de datos epidemiológicos, a la farmacéutica a cambio del flujo constante de vacunas. La campaña de vacunación, como casi todo depende del dinero, a más dinero, mayor servicio.

El dilema siempre es el mismo, el envío de vacunas a países ricos y con un sistema de salud desarrollado frente a la ausencia de suministros a países pobres y sin medios sanitarios.  Y, en el caso de Israel en concreto, donde en la franja palestina hay cerca de cinco millones de palestinos que aún no han podido ser vacunados. La Organización Mundial de la Salud (OMS) pretende proteger antes de que acabe 2021 a un 20% de la población de los países con menor nivel de desarrollo a través del Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19 (Covax) para de una manera equitativa lleguen las vacunas a los países más pobres. En definitiva, los países ricos acaparan el suministro de vacunas contra el Covid-19 en detrimento de los países pobres. De nuevo es un gran fracaso moral, las industrias farmacéuticas solo piensan en obtener más beneficios y los países ricos en que lo les falte vacunas. Y, parece imposible que los países ricos envíen vacunas, cuando siguen teniendo problemas de suministro,

Cuando la campaña de vacunas han traído esperanza para algunos, la desigualdad en este mundo castiga a los más pobres a no poderse vacunar. Esta percepción egoísta de los países ricos, nos condena a todos a que la pandemia no se pueda erradicar. Vivimos en un mundo global, donde es imposible limitar la circulación de personas. por lo menos ilegalmente. Estamos condenados a perpetuar la pandemia, por falta de solidaridad y agravado por la aparición de variantes más contagiosas. No hay suficientes vacunas para todos y menos para los pobres.

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