El tiempo no pasa, pasamos nosotros. A medida que vamos arrancando páginas de los calendarios y vemos los años pasar, dejamos de ser niños muy deprisa, tenemos urgencia para dejar de ser adolescentes, nos hacemos mayores y sin apenas darnos cuenta nos hacemos viejos. La sociedad comienza a marcar estereotipos, a sentir prejuicios y actuar de forma discriminatoria por razón de la edad. La vida pasa demasiado deprisa, a pesar de todo lo malo y lo bueno que nos pueda acontecer. Sufrimos la enfermedad del tiempo, la obsesión de que el tiempo se aleja y tenemos que ir más rápido. En Navidad pensamos en la Semana Santa, en Semana Santa esperamos que llegue el verano y en verano ya deseamos que llegue la Navidad. Vivimos deprisa, anteponiendo la emoción a la reflexión, haciendo todas las cosas urgentes y dejando las importantes. Somos incapaces de dedicar el tiempo justo para cada cosa: la familia, la amistad, el trabajo, el estudio, el ocio… Y, también para nosotros mismos. Cuando nos detenemos, nos damos cuenta de que la vida se nos ha esfumado como agua entre los dedos, que no hemos saboreado nada con intensidad, todo con prisas.

Nos hemos convertido en turistas de nuestra vida, donde queremos hacer todo, ver todo y disfrutar de todo muy deprisa. Hacemos fotos rápidas que nos indican que hicimos una determinada cosa, que estuvimos en un sitio en concreto o que nos acompañó una determinada persona. Convertimos nuestra vida en unas vacaciones de tour, donde lo importante no es disfrutar viendo un amanecer, un monumento, un cuadro o una comida, tenemos que hacer muchas fotos sin disfrutar de nada en particular. Nos levantamos corriendo, queremos que pase la jornada de trabajo o de estudio muy rápida, nos pasa raudo el ocio, no tenemos tiempo para estar en familia o con nuestras amistades. Correr, correr y correr, todo apresurado. Ha pasado el 2021 con todos sus problemas de salud, sociales y personales. Teníamos prisa de que acabara el 2021, y ahora nos ponemos unos buenos propósitos para el 2022, pero sin pensar en decrecer el ritmo de nuestra vida.

Se nos ha olvidado saborear la vida y marcarnos prioridades. El virus que está matando nuestras vidas es la prisa, ha logrado contagiar todas las facetas de nuestra vida y lo más grave es que no enorgullecemos de hacerlo. No estoy diciendo que estemos parados, que nos limitemos a esperar, sino que disfrutemos de la vida. Hemos convertido nuestras vidas en algo superficial, no tenemos tiempo o no queremos profundizar en nada en particular. La sociedad capitalista nos convierte en seres que amontonamos tantas experiencias como sea posible y el consumir por consumir. Donde la cultura de la competividad y la rivalidad nos hace creer que el rápido se come al lento. Hemos perdido la capacidad de esperar, aunque el coronavirus, nos ha obligado a hacer colas para casi todo.

Nuestras vidas buscan respuestas rápidas, preferimos leer un tuit a una reflexión, la noticias dejan su importancia por otra noticia. Las ideas ya no deben ser profundas, se busca la irracionalidad de los sentimientos sin analizar. Vivimos con el miedo a perder el tiempo, sin embargo desperdiciamos nuestra vida por correr demasiado. La filosofía de la prisa la hemos aplicado a todo, desde el trabajo, la familia, el ocio o el sexo, lo importante es correr. Nos han convencido de que el tiempo es finito y tenemos que aprovecharlo: corriendo. Por eso, el tiempo no pasa, pasamos nosotros, porque el tiempo realmente es infinito, pero nuestra vida no lo es. Nuestro peligro en nuestra vida son las prisas, porque a lo mejor haciendo menos. podríamos ser más felices.

Hasta yo tengo ganas de que pase deprisa este año 2022, para estar más cerca de mi jubilación, pero cuando más deprisa pasen los días de este año menos me quedará de vida. No estoy ebrio porque nunca he bebido, me hago unas elucubraciones fatuas sobre lo rápido que pasa el tiempo, lo rápido que pasa la vida. Hoy como principio de un año, no puedo desprenderme de la tiranía del tiempo, la trampa más cruel que tenemos los seres humanos. Estamos equivocados, en esa creencia obsesiva de que el tiempo se acaba y que hay que hacer muchas cosas. De nada sirve si no eres capaz de ser feliz. A lo mejor la lentitud se confunde con torpeza, con ineptitud, con incompetencia, quizás ahora que mis rodillas con artrosis no me permiten correr, quiero vivir con intensidad pero sin prisas. No pienso en el año, ni en mañana, simplemente en el día que estoy viviendo, en este momento preciso…

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