gestionar la decepciónCuando éramos niños, el día de Reyes era un día de ilusión, un día en que también tenías que aprender a gestionar la decepción. La decepción es el pesar causado por un desengaño, aparece cuando esperamos equivocadamente, una respuesta de algo o alguien, que no está a la altura de nuestras expectativas o ilusiones. Nos hace comprender que casi siempre la ilusión es incompatible con la realidad. Cuando nos sentimos decepcionados, hay mucha parte de engaño. Porque casi siempre, la decepción se trata de expectativas, de promesas insinuadas. Una manera de conocer nuestra responsabilidad de lo que realmente queremos cada uno. Es quizás, el proceso de madurez de la vida, que nos permite analizar el presente y el futuro de una manera más realista.

Quizás la felicidad es cuando no se desea nada, así nunca sufriríamos decepciones, pero es prácticamente imposible, no tener ilusiones. Cuando se espera mucho, quizás demasiado, siempre llega la decepción. Pero, eso no significa que en la vida tengamos que limitar nuestras ilusiones y proyectos, que nos dejemos caer en la abulia. Aunque es cierto que los deseos no satisfechos siempre nos traerán decepciones. Todo lo que se espera mucho, tiene un mayor potencial de decepción. Y, por el contrario todos los deseos satisfechos nos traen felicidad. Casi siempre, uno desea lo que no tiene, tal vez para satisfacer un placer y muchas veces el deseo va acompañado de cierto grado de egoísmo. La sociedad capitalista paralela la ilusión con el consumismo, con los regalos, con la ambición, con la falta de solidaridad y de empatizar con los demás. Lo que implica que una parte de la población tiene que aprender a gestionar su decepción.

Todos hemos sufrido algún tipo de decepción: personal, familiar, amorosa, religiosa, política… Cuando nuestras expectativas son muy altas o cuando no se cumplen las promesas, nos sentimos desilusionados. Eso es lo que nos pasa a muchos con la política, que ha dejado de buscar espacios comunes en los que sea posible la divergencia. Donde la falta de comprensión y de diálogo, la crispación, el cainismo y el odio, facilitan posturas encontradas e irreconciliables. La radicalización está favoreciendo el populismo de la derecha y especialmente de la extrema derecha. Los votantes de izquierdas se sienten desilusionados con los suyos, con los que han votado. La incompetencia del Gobierno de coalición, a la hora de tomar las mejores decisiones, el desacuerdo permanente, el temor a ser de izquierdas, todo esto allana el terreno a que el futuro electoral sea conservador.

Desde el día siguiente del comienzo de la legislatura de Pedro Sánchez, parece que estemos en tiempo electoral, pero lo que está claro es que se convocarán a finales de 2023 o incluso a principios de 2024, cuando haya concluido el semestre de presidencia española de la Unión Europea. Quedan dos años para tomar medidas, en trabajo, en sanidad, en educación, en pensiones, en cultura…, basta de frustraciones, de engaños y de decepciones, un gobierno de izquierdas no puede tener tantos complejos. Tienen que aprender que sus votantes progresistas, quieren que cambien la sociedad y eso significa que el cambio se note en sus casas, en sus economías, en su bienestar. El resultado de la decepción es que el voto progresista se puede quedar en casa, otra vez…

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