El Gobierno anunció ayer martes, un plan de desescalada que será el fin progresivo del desconfinamiento, pero manteniendo la distancia social, la ausencia de contacto físico y el esmerar unas normas de limpieza. Un plan de desconfinamiento que se desarrollará a partir del 4 de mayo en cuatro fases (0, 1, 2 y 3), cada fase durará como mínimo dos semanas, que es el periodo medio de incubación del virus, y se avanzará a la siguiente de forma asimétrica en cada territorio según se cumplan unos determinados marcadores, hasta alcanzar una nueva normalidad a finales de junio.

Si el confinamiento ha sido el responsable de reducir las cifras de fallecimientos y de contagios, ahora la ausencia de contacto físico y la limpieza serán las dos constantes para mantener el virus a distancia. Porque nos hemos de acostumbrar a una certeza: el coronavirus se convertirá en un virus circulante más, del que no tenemos aún ni un antiviral ni una vacuna y que es posible, según los expertos, que pueda haber un repunte en otoño. En resumen, un virus con el que tendremos que convivir hasta que se administre una vacuna de forma global, lo cual tiene su complicación.

Nos tendremos que acostumbrar a refrenar nuestros instintos, a nuestras costumbres más usuales: a besarnos, a abrazarnos, a tocarnos, a sentir la piel de los demás, en definitiva a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Hemos de seguir manteniendo una distancia social para hablarnos, para trabajar, para viajar, para hacer deporte, para disfrutar de nuestro ocio. Deberemos seguir cuidando nuestras costumbres cuando estornudamos o tosemos, esmerar nuestros hábitos de limpieza. Y, a lo mejor nos tendremos que acostumbrar a dejar lo zapatos en la puerta de nuestras casas, y llevar guantes y mascarillas siempre.

Nos puede todo esto sonar extraño, alguno pensará que todo esto es imposible, que nunca se acostumbraría. Pero, la capacidad de adaptación del ser humano es total, nos acostumbramos a los cambios climáticos, al cambio de nuestro hábitat, al cambio de situación económica, al cambio de trabajo, al cambio de dieta, al cambio de costumbres. Todo es cuestión, algunas veces de legislación y casi todas las veces de responsabilidad frente a una necesidad o a una enfermedad. Ya casi nadie se acuerda de la Ley de antitabaco de 2011 en España, donde se prohibió fumar en cualquier tipo espacio de uso colectivo y en los locales abiertos al público. Quizás costó, pero al final la gente se acostumbró a fumar al aire libre, a respetar la salud de los demás. Ahora, tenemos otra asignatura pendiente: la ausencia de contacto físico y la limpieza. ¿Nos acostumbraremos?

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