Hemos normalizado y aceptado que la temporalidad, la precariedad y la devaluación de sueldos son la base para obtener un puesto de trabajo. Pero, no solo como inicio de vida laboral para los jóvenes sino como única solución para las mujeres, mayores de 50 años y resto de trabajadores en general. El crecimiento de la desigualdad y ser trabajador pobre es una realidad en nuestro país. Tener un trabajo no es suficiente para no estar en riesgo de pobreza.

La tasa de empleo a tiempo parcial no deseado, la temporalidad en un país de servicios y el empleo en general de pésima calidad supone una radiografía del mercado laboral en España. Sin olvidar la brecha salarial por género. El aumento del precio de las viviendas y los alquileres, la falta de promoción de vivienda pública. El retroceso en el consumo, que solo se mantiene con financiación por falta de liquidez económica. Subir el salario mínimo no basta; hay que suprimir la temporalidad, las modalidades de contratación estable y cambiar la Reforma de la legislación laboral de 2012.

A toda la precariedad y temporalidad, el fraude de los contratos temporales, las ETTs, las externalizaciones, las contratas y subcontratas añadimos la situación de los falsos autónomos en empresas de reparto de paquetería y multiservicios, de esta manera las empresas obtienen ahorros en el salario, eludiendo pagar la cotización a la Seguridad Social como asalariados y también en caso de despido, ya que no les corresponde indemnización a los supuestos trabajadores. Se ha abierto una brecha que divide entre estables y precarios; más ganancias empresariales por los procesos de robotización y automatización de la producción y en el comercio; una edad más tardía en el comienzo de encontrar un trabajo y un envejecimiento de la población que supone tener que pagar durante más años las pensiones.

La ciudadanía parece que se conforma con esta precariedad, es como la sensación de tirar la toalla, la falta de lucha en sindicatos, colectivos sociales y organizaciones de izquierda. Es aceptar el mal menor, de tener trabajo aunque sea temporal, precario y mal pagado. Unos, los más mayores, para conservar su vivienda, pagar la comida, servicios y préstamos personales. Los jóvenes, quizás para poder cambiar su smartphone, demás gadgets tecnológicos y su ocio.

La sociedad está cambiando vertiginosamente, los Grandes Almacenes piensan en cerrar establecimientos no rentables, sus campañas ya no son lo de antes y las rebajas están diluidas. Las empresas por internet han aumentado su participación en la venta. Los juguetes, los smartphones, los perfumes y los besugos tienen una temporalidad muy concreta y cuando se acaba la temporada, viene la cruda realidad: el paro sube en 83.464 personas y se pierden 200.000 empleos con el fin de la campaña navideña. El peor dato desde 2015 y el más negativo desde 2014, respecto a la destrucción de empleo.

Los derechos se defienden o se conquistan, si estamos quietos cada día perderemos más. Debe ser una lucha en común, un movimiento de los trabajadores y trabajadoras, más allá de siglas sindicales y de partidos para luchar contra esta precariedad, temporalidad y devaluación de sueldos que nos hace cada día más pobres y a la patronal aumentar sus ganancias. Donde pagan menos impuestos quienes más tienen, donde la banca es rescatada con dinero público que no se le reclama ni pretenden devolver; donde aprovechando la crisis se intenta desmantelar toda una serie de conquistas sociales como la sanidad y la educación. Donde la privatización nos quiere arrebatar unos servicios públicos gratuitos, de calidad y de carácter universal. ¿Estamos ciegos o nos damos cuenta de todo cuanto estamos perdiendo…?

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