Hay una canción con un mensaje simple y pegadizo: «vuelve, a casa vuelve» que nos anuncia que es Navidad, pero este año toca quedarse en casa. Desde los años 70, el anuncio de televisión de El Almendro, ha tocado la emotividad de mucha gente de asociar la Navidad con deseos de volver a casa, de acortar distancias para reunirte con la familia o amigos. En este año de pandemia, no toca animar a la gente a volver a casa por Navidad. Todo lo contrario, hemos de anteponer las recomendaciones sanitarias al deseo de los besos, abrazos y reuniones familiares. No es que se cancele la Navidad, será una forma diferente de celebrarla: con distancia. Nos hemos acostumbrado a relacionar las fiestas, con las celebraciones. Pero la Navidad existe igual para el creyente, sin reuniones familiares, sin consumismo al igual que se puede celebrar la Semana Santa sin procesiones. La necesidad de volver a casa es mucho más que una simple tradición navideña.

Volver a casa en Navidad a los que viven lejos de su hogar, es algo más que pasar las navidades con la familia y de reencuentros, comidas y regalos. Es algo esperado todo el año, la necesidad de estar cerca de los tuyos, algo instintivo, pero que puede servir para cualquier época del año. No podemos confundir la celebración religiosa, como tradición en el hogar cristiano para conmemorar el nacimiento del niño Jesús, aunque poco tiene que ver el acontecimiento religioso con el consumismo de dichas fechas y de comidas familiares con marisco, carnes asadas, pescados, turrones o polvorones. Lo religioso y lo profano se han mezclado, que nadie olvide que Jesús nació en la miseria, que no tenía ni donde nacer. La pobreza de un pesebre choca con esas mesas llenas de ricos manjares, cuando a nuestro alrededor hay otros pobres sin casa y sin poder comer. Ese es el espíritu cristiano que nos han enseñado y que nos transmite la publicidad, pero que está muy lejos de las enseñanzas de Jesús.

El hijo de Dios, tanto de niño como de hombre, conoció el sufrimiento y la pobreza. El amor al prójimo es un dogma fundamental del cristianismo, donde se supone que ni es muy cristiano todos los excesos consumistas que hacemos, ni por supuesto tener la certeza de que el virus del Covid-19 lo podemos transmitir y que expongamos a nuestros familiares y a nosotros mismos a un riesgo. ¿Qué preferimos estar juntos o no correr el riesgo de un posible contagio? Porque como dice en la Biblia en el primer mandamiento: el amor a Dios y el amor al prójimo por amor a Dios, por eso: «ama a tu prójimo como a ti mismo». Quedarse en casa en un acto no solo de responsabilidad, sino también de amor. Desde mi ateísmo y mi más profundo respeto a cualquier creencia, reivindico que quedarse en nuestras casas es lo mejor que podemos hacer estas fiestas navideñas…

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