Cada año celebramos el nacimiento de un niño pobre, un niño en exclusión social que nos recuerda cuántos niños y mayores viven en el mundo en condiciones semejantes. La exclusión social vuelve esta Navidad, aunque no quiere decir que no esté presente el resto del año, sino que se siente más entre todas las propuestas del capitalismo y del consumismo compulsivo. Una Navidad que se basa en tener, para ser algo y ser feliz. El concepto de exclusión social aparece ligado a aquél que no pueda gozar de sus derechos y obligaciones plenamente. No todos en la sociedad poseen un trabajo o un sueldo que les permita vivir, no todos pueden comprar lo que necesitan, ni tienen una casa para vivir, ni pueden pagar los suministros más necesarios, ni siquiera disponen para el mínimo capricho. Los pobres viven de una manera muy distinta este consumismo navideño.

En esa Navidad de comidas familiares y de regalos, de villancicos e iluminación urbana, de Papá Noel y Reyes Magos, de anuncios de perfumes y de especiales televisivos, de mensajes por WhatsApp y de melancolía, hay personas que no tienen casi de nada, que carecen de todo. Personas apartadas del mercado laboral, que no disfrutan de ningún beneficio social, que se tienen que conformar con subsistir con las asistencias públicas sociales y las ayudas de las ONG, que sufren rupturas sucesivas con la economía y la sociedad en general. Exclusión y pobreza son conceptos complementarios, que van desde la precariedad hasta la pobreza y que tienen cada vez más desigualdad respecto a las clases más acomodadas. A veces la exclusión social es también un eufemismo de pobreza.

La crisis de los Estados del Bienestar y la falta de recursos por parte de los gobiernos, está consolidando fracturas en la ciudadanía en determinados ámbitos y mercados de bienestar; especialmente en el del trabajo y la vivienda, teniendo dificultades de acceso en la alimentación, suministros domésticos y a otros servicios. A todas estas personas, la Navidad significa un momento de mayor desigualdad y frustración ante todos los estímulos del consumismo. Sería bueno, desde nuestro confort, acordarnos de todas estas personas que sufren exclusión social y que no hacemos nada para ayudarles. Porque la Navidad también es solidaridad y existen muchas maneras de practicarla en las pequeñas acciones del día a día, porque sin ir muy lejos, sin buscar demasiado, siempre encontraremos a alguien que necesita ayuda. Porque ni la pobreza, ni la exclusión social son necesarias…

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