Siempre se ha constatado que el independentismo catalán no era violento, desde 1971, a través del lema «Libertad, amnistía y estatuto de autonomía» se supo canalizar las aspiraciones de los ciudadanos proyectando un carácter unitario: la Diada de l’Onze de Setembre. Después se cambiaron los pretextos y se reclamó un nuevo Estatut, defensa del catalán, más competencias y más dinero y últimamente el derecho a decidir. La violencia no existía, comenzó a crearse un sentimiento de impotencia, convertido en resignación. Y, dicha frustración ha acabado en rabia, pensando una minoría que la violencia puede ser el camino para alcanzar lo que no se logró de manera pacifista.

La inmensa mayoría de marchas, manifestaciones, huelgas y actos de desobediencia civil, después de conocer la sentencia del Tribunal Supremo sobre el «procés», han sido pacificas. Pero, en todas ellas coinciden dos factores: que se vulneran los derechos de los que no están de acuerdo y querer resolver el conflicto con violencia por parte de unos pocos. Una violencia parecida a la de las manifestaciones en las calles de Hong Kong, como movimiento de protesta y de agitación social contra China.

En este caso jóvenes independentistas catalanes en contra de la policía, ocupando el aeropuerto de Barcelona, con destrozos de comercios y mobiliario urbano, con barricadas cortando calles, con coches quemados, el lanzamiento de  piedras, con la respuesta por parte de la policía  con cargas y pelotas de goma. Un intercambio de violencia no conocida en Catalunya, después del franquismo. Un movimiento violento que le ha robado el protagonismo a las protestas pacificas y que esconde una violencia independentista y unos supuestos abusos policiales. La violencia se ha convertido en un escaparate para estar presente en todos los medios informativos de todo el mundo.

No hay pretextos para el uso de la violencia, en una democracia se debe buscar otras soluciones para protestar o para reivindicar derechos y libertades. La violencia se incuba y después no se puede impedir ni limitar, cayendo en excesos y sobre todo en intransigencia, humillando al otro. Ni la violencia debe servir para llenar páginas y minutos en los medios de comunicación. La violencia es confusa, pero además es dada a la manipulación, por medios de comunicación y por defensores de otras ideas.

En una dictadura los derechos no se otorgan sino que se conquistan, pero en una democracia habrá que buscar otras soluciones. Incluso la desobediencia civil también tiene violencia. Y, el restringir los derechos que piensan diferente, como el cortar vías de comunicación o colapsar ciudades también es violencia. El no aceptar que otros puedan pensar diferente, también es violencia. Y, que los políticos no condenen la violencia es una forma de perder la razón… La independencia de Catalunya si un día se logra, no tiene que ser con el uso de la violencia, ni de los independentistas, ni del Estado, no hay pretextos, ni razones que justifiquen la violencia…

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