Cada año en la fiestas navideñas se repite la obligación social de ser felices, entre frustración y nostalgia, donde la familia es el objetivo: las personas que ya no están, a los que queremos ver y a los que no soportamos. Fiestas de nostalgia y frustración a la vez, motivo de desavenencias, de relaciones tensas y de situaciones familiares desagradables. La hipocresía nos ayuda a soportar unas fiestas, que transcurren de diferente manera a como las recordamos de niños. Es difícil saber si el problema lo constituye la familia, la Navidad o la combinación explosiva de ambos y la obligación social de ser felices.

Cada ser humano que viene a este mundo, llega a una familia determinada. Nadie escoge su familia, los hijos no podemos escoger a nuestros padres, aunque ahora los padres y las madres ya pueden escoger a sus hijos e hijas, gracias a tratamientos de reproducción asistida. La familia sienta con un conjunto de situaciones cotidianas, la base de las relaciones interpersonales y por lo tanto de la sociedad. 

Desde nuestro nacimiento, hasta nuestra plenitud y madurez, nos vamos acostumbrando a estar rodeados de padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, sobrinos, nietos… La relación de consanguinidad nos crea esa pertenencia al núcleo familiar, que a veces, con el paso del tiempo y por muchas razones, experimentamos vacíos emocionales y nos vamos separando de nuestra familia. Los motivos de frustración hacía la familia son diversos y diferentes para cada uno, pero nos pasa a casi todos.

Por eso, llego a la conclusión cada año, de que no me gusta la Navidad y no me gusta la familia en Navidad. De que no necesito unas fiestas con sus luces de colores, ni los sentimientos hipócritas por los demás ni el consumismo de regalos. Y, también porque respeto los sentimientos de frustración de los demás y sus circunstancias negativas, y a los que no les gusta la Navidad y no les apetece simular una felicidad que no sienten. 

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