Después de diez años del 15-M, la indignación permanece aún en la sociedad, pero de una manera diferente. La ciudadanía sigue indignada y enfadada frente de la perspectiva económica, social y política. El 15-M fue el reconocimiento de un hartazgo que puso éticamente y políticamente, a muchos ciudadanos y ciudadanas en movimiento. En la que coincidieron aspectos de la realidad política y económica, planteando desde la indignación social: la democracia, la participación ciudadana, la representatividad, la desigualdad social… Reclamando todo esto con ira y enfado, desde las plazas y los movimientos sociales. Todo comenzó con el libro titulado Indignez-vous! de Stéphane Hessel, en el que invitaba a los jóvenes a indignarse ante el estado actual del mundo, a rebelarse pacíficamente contra el poder de los mercados financieros. Y, luchar contra las desigualdades y las injusticias. Después vino la primavera árabe en la plaza Tharir de El Cairo, las manifestaciones en la Puerta del Sol de Madrid y los indignados
contra el mundo de las finanzas en Nueva York.

En el 15-M se produjo una catálisis de la insatisfacción sobre los retrocesos sociales, los fracasos de una sociedad neoliberal que genera una inequidad social. Fue buscar soluciones y medidas a las necesidades de la ciudadanía, para intentar evitar la pobreza, la desigualdad, la vulnerabilidad y una democracia más participativa. Buscando unos principios y valores más necesarios que nunca. Donde se planteaba que el Estado no garantiza muchas necesidades ciudadanas, donde el capital se preocupa en primer lugar de sus dividendos y no de la justicia social. Donde vivimos en una dictadura de los mercados financieros que amenazan la libertad y la democracia. Porque cuando algo nos indigna, debemos luchar contra la injusticia, ese fue el espíritu real del 15-M. Porque la «peor de las actitudes es la indiferencia» como decía Stéphane Hessel y «no tengamos tanta paciencia», como dijo José Saramago.

Pero, al final la indignación se convirtió una emoción en si misma, algunas cosas cambiaron en la concepción, pero no en la definición, en la solución. El 15-M se fue diluyendo, aunque sigue permaneciendo una general desconfianza por parte de los ciudadanos hacia los partidos políticos y las instituciones. Donde se ha agudizado la crisis económica con la pandemia, donde sigue habiendo casos de corrupción, de privilegios, ha aumentado el desempleo, los ERTE,  . Pero, aunque exista la misma indignación, la gente ha pasado de la participación a quedarse en sus casas, en sus sofás, incluso en la abstención. El desencanto se ha transformado en apatía. La indignación la ha rescatado la derecha para reclamar una falsa libertad. La indignación permanece en la sociedad, pero todo ha cambiado por desgracia…

 

 

 

 

 

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