Una costumbre, es encontrar normal o habitual algo, es adquirir un hábito. Habituarse o acostumbrarse a una guerra no debería nunca ser algo normal. Después de casi cinco meses, del comienzo de la guerra de Ucrania el 24 de febrero de 2022, la vemos con algo de distancia, como si hubiera un cristal por medio. Ha pasado de ser la noticia que abría los telediarios o las portadas de los periódicos, a una noticia más. Llegamos a oír y ver, unas noticias o imágenes sobre una guerra por costumbre, con la mayor familiaridad, sin sentir apenas extrañeza. Apenas, nos planteamos explicaciones razonables de la realidad, es la sensación de que todo tiene el mismo aspecto de siempre: las guerras de siempre, el hambre de siempre, las injusticias de siempre. Muchas veces, tenemos una percepción de extrañeza hacia nosotros mismos, pero nada más. Nos acostumbramos a casi todo.

Tenemos costumbre de percibir en nuestra entorno los mismos ruidos, olores, personas… Y, el simple hecho de que algo cambie de manera imprevista lo percibimos y nos comporta una sensación de extrañeza o de incomodidad. Somos más capaces de percibir sensaciones de calor o frío, de notar variaciones de luz, o de atender a sensaciones que se producen en el interior de nuestro cuerpo. Sin embargo, somos capaces de acostumbrarnos a imágenes de guerras, hambrunas, ahogamientos de migrantes, fenómenos atmosféricos o asesinatos de niños o mujeres…, sin apenas inmutarnos. Nos hemos convertido en espectadores y no en protagonistas de lo que estamos viviendo, por eso no nos sentimos parte de lo que está ocurriendo. Esta es la razón fundamental por la que se produce la vivencia de la despersonalización, como si tuviera que ver con nosotros.

La humanidad ha sufrido muchas guerras con característica de continuidad como la Primera Guerra Mundial, entre 1914 y 1918; la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945; la Guerra Civil española, entre 1936 y 1939; la de Vietnam, entre 1955 y 1975. Y, otros, en cambio, son intermitentes, como el conflicto árabe-israelí, que se inició en 1947 con la creación del Estado de Israel hasta nuestros días, o la denominada Guerra Fría, entre 1947 y 1991. Por, eso la guerra de Ucrania, podemos decir que apenas ha comenzado, por desgracia. Quizás, por eso nuestra capacidad de resiliencia cada vez es mayor, adaptandonos a todas las trabas, compensando lo negativo, para sobreponernos a las adversidades.

Aunque, también hay una parte de egoísmo personal y de manipulación de los medios de comunicación. La necesidad de hacer desaparecer las sensaciones rápidamente, de la prontitud de las noticias que son cambiadas por otras. Perdemos el contacto con la realidad, las cosas las vemos a través de una pantalla de televisión o de un teléfono, le damos el mismo clic, a una guerra que a un concierto o un partido de fútbol. Incluso nos acostumbramos a la subida de los combustibles, de la energía, de la cesta de la compra o de la inflación, por culpa de una guerra. Mientras seguimos sin hacer nada.

Se acabaron las protestas pacifistas contra la intervención de Estados Unidos en la guerra de Vietnam (1963-1973), las marchas de Luther King en 1963 por la lucha por los derechos civiles, el movimiento hippie de 1967 o el «No a la guerra» con el que se realizaron numerosas protestas por todo el mundo para oponerse a la guerra de Irak de 2003. Se ha convertido en una costumbre, no protestar. Todos en casa, con nuestras redes sociales, sin tener muy claro si estar en contra de la guerra, invocando el derecho a la legítima defensa o rechazar el uso de armas para resolver los conflictos. Unos buenistas, otros ingenuos y mientras todo el mundo a expensas de los intereses económicos.

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