Vivimos en tiempos de forzar y deformar la realidad hasta hacerla irreconocible, como capacidad de alterar la verdad, de manipular lo obvio y lo constatado por vender ilusiones, de jugar con los pensamientos y deseos de las personas. Fuerzan la realidad, hasta llegar a deformarla entre políticos y creadores de opinión, llevando al límite los intentos de forzar y deformar la realidad hasta hacerla irreconocible. Deformar la realidad, despreciar el sentido común y la inteligencia de los destinatarios. En definitiva, parece que lo único que quieren, es engañarnos y tratarnos como tontos, para conseguir unos determinados fines, casi siempre económicos.

Un solo dato: ayer murieron en España por coronavirus 537 personas, en un solo día, lo que significa la cifra más alta de fallecidos en esta segunda ola. En el fin de semana 512, en una semana 1.232, desde el comienzo de la pandemia 43.668 fallecidos. La incidencia acumulada, es decir, el número de contagios por cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días, se sitúa en 374 casos confirmados, el dato más bajo desde hace justo un mes. Pero, lejos aún de cumplir el objetivo de reducir la incidencia acumulada a 50 casos, como dijo Pedro Sánchez hace un mes. Pues con esta cruda realidad, parece que el objetivo no es bajar las cifras y mantenerlas, sino aprovechar la coyuntura del descenso para «salvar la Navidad».

Forzar que la Navidad sea como siempre, con el pretexto de salvar la Navidad o salvar la vida. Salvar la Navidad supone correr el mismo riesgo del desconfinamiento para salvar el verano. Las prisas nos llevaron a que España sufriera la segunda ola mucho antes que otros países europeos. No entiendo, si salvar la Navidad es por la economía o por las familias. Nos propusieron que saliéramos de casa solo lo estrictamente necesario, que nada de besos y abrazos, nos dijeron por enésima vez que la mascarilla, lavado frecuentes de manos y distancias de seguridad. Se hizo cerrar a la hostelería, se restringieron los horarios comerciales, mucha gente perdió su trabajo y muchos establecimientos han tenido que cerrar. La sanidad sigue al limite.

Pero, de nuevo forzar que la economía vaya por delante de la salud de las personas. Se ponen a discutir sí las reuniones familiares tienen que ser de seis y diez personas, si se permitirán los desplazamientos, si se alargará la hora del toque de queda,… Nos dicen que quedan descartados los grandes encuentros familiares, los cotillones, las comidas de empresas, las cabalgatas de los Reyes Magos. Nos venden una Navidad diferente, pero sobre todo quieren que sigamos con nuestras costumbre consumista: que compremos para salvar la economía. Salvar la Navidad, es pan para hoy y muertes para mañana. Por mucho que queramos deformar la verdad, es que la realidad nos demuestra que, con medidas restrictivas bajan los casos, y si nos relajamos vuelven a subir. ¿Necesitamos celebrar la Navidad? ¿Cuántos muertos estamos dispuestos a aceptar por salvar la Navidad?

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