Hemos pasado de la euforia materialista, a la desmoralización y el desencanto de la sociedad. La clase política y la política tradicional, se han convertido en chivos expiatorios del desencanto. La sociedad capitalista convenció a los ciudadanos el comprarse un inmueble y meterse en una costosa hipoteca, en comprarse un coche o vivir por encima de sus posibilidades, porque se ganaba dinero y aparentemente había una estabilidad laboral, económica y social. Explotó la burbuja inmobiliaria, los escándalos de los bancos, la ruina del Estado, las corrupción generalizada y todo lo que ha cambiado la sociedad de nuestros días. Todo esto ha sido el desencadenante de una desmoralización generalizada, sustituyendo poco a poco los valores democráticos y dejándose convencer por el populismo.

Todos los sectores productivos de la sociedad están en crisis, la sociedad acusa en mayor grado, las diferencias sociales. Los ricos se aprovechan de la coyuntura económica para ser más ricos. Y los pobres, son más pobres, con la desaparición casi en su totalidad de la clase media, que existía tan solo hace unos años. Las crisis económicas, de antes de la pandemia, durante y después, han acabado con la ilusión y el consecuente desencanto de la sociedad, donde se ve más lejos volver al punto de bienestar social y calidad de vida en el que nos encontrábamos hace unos años. Además, la ciudadanía se percibe menos representada. El resultado es una mezcla de enfado, miedo y apatía. Donde el populismo, desacredita a las instituciones y ayuda a que nadie crea en nada. Creando deliberadamente olas de racismo, xenofobia y sexismo. Los demócratas están sumidos en la confusión y no son capaces de presentar argumentos convincentes, ante el populismo.

Donde el neoliberalismo, en manos del populismo, dice a la población que el Estado es el problema y donde la supuesta libertad es tener los servicios cada vez más privatizados. Los líderes ultraderechistas repartidos por el mundo, se congratulan de que la extrema derecha está llegando al poder o lo está rozando. La izquierda se ha dedicado a las peleas internas, mientras la ultraderecha y el fascismo siguen avanzando ante el desencanto de la sociedad. Es el fracaso de la globalización, de las políticas neoliberales, del miedo al diferente… Todo esto ha propiciado el debilitamiento de las democracias, ante una izquierda desconectada de la gente, desunida y desorganizada. No se ha sabido poner freno al populismo de derechas y al postfascismo, y ahora quizás ya es tarde. Porque la sociedad no reacciona, le da igual todo, incluso que les gobiernen los que atacan a los inmigrantes, a las mujeres empoderadas, al colectivo LGTBI… A todos los diferentes.

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