Todo es política, todo lo social, todo lo personal y el festival de Eurovisión también es política. Desde la televisión que miras, la radio que escuchas y el periódico que lees; desde dónde compras y qué compras; cómo gestionas tus residuos o tu tipo de movilidad. El partido al que votas o tu decisión de abstenerte. Tu compromiso social o tu falta de compromiso. Tu uso del dinero. Todo es política, incluso para los que pasan de la política. Una cosa clara es que la política influye en la sociedad. Desde la tarifa telefónica, del agua, de la luz o del combustible. El precio del transporte público, la sanidad o la educación. El precio de la vivienda o la falta de viviendas sociales o de alquiler. El derecho a un sueldo digno, el derecho a paro, las vacaciones o las bajas remuneradas. Si hay parques, bibliotecas o servicios sociales. Todo es política.

Hay una parte muy importante de la sociedad que es sumisa a la voluntad de quienes nos gobiernan, y quienes nos gobiernan pueden seguir haciendo lo que quieran, precisamente, por esa falta de sentido crítico de la sociedad. Por ese desapego a la política y a creer que se puede cambiar y mejorar esta sociedad. Mientras los políticos no son capaces de encontrar soluciones y anticiparse a los problemas, pero siempre nos intentarán convencer de las razones por las que se han equivocado, sin reconocer que se han equivocado. El festival de Eurovisión nació en 1956 con el fin de cohesionar a los pueblos europeos a través de la música y aliviar enemistades tras la Segunda Guerra Mundial. No es un festival de países, sino de televisiones. Por ejemplo, no se representa al país España, es RTVE que presenta un candidato o candidata, al igual que otras televisiones de otros países.

Pero, el cuñadismo y el patriotismo, mal entendido convierten a Eurovisión es una competición de países. Donde muchos achacan cuestiones geopolíticas. Incluso para creernos que España lleve 51 años sin ganar dicho festival. Desde, en Londres 1968, con la canción «La, la, la», interpretada por Massiel, y en el año siguiente, 1969, con Salomé interpretando «Vivo cantando». Aunque lo lógico sería que ganar un festival de la canción, debería ser por enviar la mejor propuesta artística de las que se presentan en cada edición y no por cuestiones políticas. Comenzando ya por la propia selección de Chanel, ante un apoyo popular por  Tanxugueiras y Rigoberta Bandini. Donde gracias al sistema demoscópico y televoto, Chanel quedó segunda y tercera respectivamente, pero el voto del jurado, la hizo ganadora. Quizás, también hubo política.

En el festival de Eurovisión, las reglas impiden que las letras de las canciones no pueden introducir contenido político. Pero, los eurofans y el jurado han decidido dar su apoyo a Ucrania, dando su voto no solo por cuestiones artísticas, sino por dar apoyo por la situación que está viviendo a raíz de la invasión rusa. Hasta se ha considerado una muestra de apoyo de los europeos en plena agresión rusa, por haber recibido el apoyo del voto del jurado y también el apoyo del voto popular. Nunca sabremos, sin política hubiera ganado Kalush Orchestra, con su canción «Stefania». De todas formas, Eurovisión ha sido un perfecto escenario de solidaridad, aunque quizás no debería ser ese su único objetivo. Cuando existen triunfos como los de Israel, en el que no existió solidaridad por sus crímenes de guerra contra el pueblo palestino; el triunfo de Ucrania en el Festival de Eurovisión de 2016 con una canción sobre la deportación de tártaros de Crimea durante la época de Stalin al frente de la Unión Soviética, que parecía una muestra de hostilidad contra Rusia o las muestras de homofobia por parte de las letra de la canción de Rusia. Todo es política, Eurovisión también…

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