Es indiferente las medidas que se adopten contra el coronavirus, el hedonismo se ha convertido en su principal aliado, un enemigo contra la salud y contra todos nosotros. Da igual los máximos diarios de contagios, de muertes, del colapso de la sanidad pública, muchas personas han decidido sostener que todos los placeres físicos deben ser satisfechos sin ninguna restricción. Podemos decir que son una minoría, que son los jóvenes, que estamos todos un poco hartos… No busquemos explicaciones, una parte muy importante de la población, no tiene miedo de enfermar y mucho menos de morirse. Por dicha razón, aunque exista un cierre perimetral, se adelante el toque de queda o se cierre la hostelería, hay personas que salen a las calles, como si fuera el fin del mundo, a tomarse las últimas tapas y copas antes de cumplirse las restricciones. Y, por supuesto sin mascarillas, sin distancia social y sin ninguna medida de prevención.

Vivimos en una sociedad donde anteponemos el placer a todo lo demás, queremos disfrutar de la vida, de nuestras amistades, de nuestra familia, de nuestros hobbies, por encima de cualquier restricción, aunque nos sugieran que es bueno para nuestra salud.  Parece como si el hedonismo fuera una forma de combatir la incertidumbre y el miedo, es como si buscáramos un consuelo interior y nos decimos en silencio «que nos quiten lo bailao». Carpe Diem, lo importante es vivir el momento presente, pasarlo bien y disfrutar de la vida. No importa si después hay malas consecuencias, lo que importa son los buenos ratos que hemos vivido. Solo un confinamiento domiciliario podría evitar en gran medida esos deseos hedonistas, aunque ahora, no sería nada igual que el confinamiento de la primavera.

El hedonismo no es una enfermedad inherente a los jóvenes, estamos retratados todos y todas, de menor y de mayor edad. Algunos exigen en las calles «libertad», porque basan su vida en lo fácil, en la ausencia de obligaciones, en querer disfrutar de la vida, aunque detrás también existan consignas políticas. Pero, lo normal es que los jóvenes buscan un escape a su falta de expectativas, mediante el consumo de alcohol u otras drogas en locales de hostelería o en las calles haciendo el botellón. Necesitan hacer algo como forma de diversión, de relajación o de desinhibición. Les da igual el número de contagios y de muertes, los problemas sanitarios, la crisis económica, les da igual cualquier cosa mientras no les afecte directamente a ellos. Porque su irresponsabilidad llega a olvidarse de la posibilidad de contagiar a sus familiares y amigos.

No, la solución contra la excesiva permisividad no es pasar de nuevo al autoritarismo, ni siquiera a la decisión de un confinamiento domiciliario. El hedonismo, es el que nos vende el sistema capitalista: disfrutar de la vida consumiendo. Nuestros comportamientos están condicionados por la estructura social, por la situación socioeconómica y como reflejo de todos los estímulos que recibimos de la publicidad, del marketing, de los medios de comunicación, de las redes sociales… Donde el individualismo hace seres más intolerantes, con interés únicamente por ellos y los suyos, donde lo demás nos da igual. Hemos perdido la capacidad de espera, de tolerancia a la frustración y de idea de desarrollo, lo queremos todo ahora.

No aceptamos sacrificios, porque quizás tenemos que hacer demasiados en la vida. Somos capaces de solidarizarnos con un aplauso al personal sanitario, pero nos da igual nuestro comportamiento y todo lo que puede afectar al resto de la sociedad. Vivimos en la superficialidad y en el deseo de tener cosas, donde la belleza física, las relaciones interpersonales, el sexo, la comida, la bebida, las drogas y los vicios en general no nos dejan percibir cosas más importantes, como ser solidarios con los que más lo necesitan. Somos egoístas, lo demás nos importa muy poco, por eso será muy difícil vencer a esta pandemia, a lo que se une la falta de recursos y de personal en la sanidad pública. Nos esperan tiempos difíciles…

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