El control en una organización, en un proceso, es una obligación, además, de una forma de verificar que las cosas se hacen bien, según unas normas, con unos procedimientos, estableciendo unos protocolos para que se cumplan y también en caso de fallo. Si estamos de acuerdo que solo se hace bien lo que se controla y aún así hay posibilidades de error, lo que está muy claro es que el control debe ser prioritario en la seguridad alimentaria, es decir, en la seguridad y control de los alimentos. El control nos permite hacer mejor las cosas, midiendo y cuantificando los resultados en cada paso, asegurando la tranquilidad del consumidor final.

El caso del brote de listeriosis originado en Andalucía confirma que las alertas sanitarias provocan alarma social en la población, porque todos estamos incluidos en la posibilidad de tener algún problema de salud por consumo de un producto, sea por falta de control en la trazabilidad de algún proceso de fabricación o logístico. Una infección alimentaria no es cuestión de «mala suerte», como  afirmó el consejero de Salud y Familias de la Junta de Andalucía, Jesús Aguirre refiriéndose a la empresa responsable de la listerioris. No es mala suerte, es una cadena de despropósitos, un conjunto de irresponsabilidad e ineficiencia, en definitiva una falta de control. Y, una constante culpabilización entre Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Sevilla, para no asumir responsabilidades.

Las bacterias que causan una intoxicación alimentaria no se ven, ni huelen ni tienen sabor, es una posibilidad que puede pasar. Pero, la mayoría de enfermedades transmitidas por alimentos pueden prevenirse o por lo menos limitarse, si se observan unos rígidos sistemas de control. El riesgo cero no existe, pero necesitamos consumir con el máximo nivel de seguridad. Este mes de agosto, aparte de la alerta sanitaria de listeriosis, de los síntomas de hipertricosis o exceso de vello en niños pequeños por contener supuestamente en vez de un protector estomacal un omeprazol defectuoso o el caso de una lata de atún de la marca DIA afectada por botulismo. Todo ello crea intranquilidad y miedo por parte de los consumidores.

Porque aún siendo incidentes excepcionales, hay que introducir el máximo número de mecanismos para reducir esa probabilidad, que no se produzcan errores es la obligación de la Administración. Porque siempre una intoxicación, una alerta sanitaria es consecuencia de una cadena de errores y una falta de control. Porque no solo son responsables la empresa cárnica sevillana Magrudis,S.L ,causantes del mayor brote de listeriosis conocido nunca en España, por la venta de carne mechada. Sino porque no tenía los permisos para su actividad, ni para las obras de ampliación y muchas otras irregularidades. El Ayuntamiento de Sevilla y la Junta de Andalucía, ambos son los que deben de controlar con las inspecciones reglamentarias los sistemas de autocontrol que tienen las empresas cárnicas de acuerdo con la normativa europea. Si no se controla y se inspecciona con rigurosidad, estamos abriendo la posibilidad de un riesgo en la seguridad alimentaria.

Demasiadas deficiencias y cadenas de despropósitos, demasiados intentos de arrojar culpabilidades entre unos y otros. Y, lo que es peor olvidando a los afectados, a las víctimas y a sus familiares, declarando que «ven impecable su gestión» dada «en tiempo y forma».  Menos mal que todo ha sido así… 

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