La violencia callejera no es fruto de la casualidad, es una forma de presión social, de extender el miedo, el desorden, el caos. Un grupo de violentos que se organiza marcando objetivos y buscando resultados de sus acciones violentas, en el que muchísimos jóvenes se pueden añadir por simple rebeldía, por pillaje o por pura violencia. Una violencia callejera que durante decenas de años sembró el terror en Euskadi, una «kale borroca» que sirvió de apoyo fundamental a la banda terrorista ETA. Esta violencia callejera del Covid-19 no se puede equiparar con ninguna otra, pero lo que está claro es que no son solo un grupo de jóvenes movilizados por redes sociales, tienen una determinación, una estructura y una organización como estrategia política para desestabilizar el Gobierno de España.

Gracias a su difusión en Internet, en medios de comunicación y también en el boca a boca, han conseguido que una estrategia política, parezca una protesta social para despertar las conciencias de los ciudadanos, reclamando una supuesta «libertad» y mostrando el cabreo ante los errores y la pasividad de los políticos ante esta pandemia. En defensa de cambiar la realidad social y política de España, alentado a la ciudadanía a reaccionar ante la gestión de la crisis. Todos los altercados en las calles, de estos últimos días en España, en: Logroño, Bilbao, Barcelona, Madrid, Málaga, Sevilla…, se han sucedido después del toque de queda, mezclando la violencia callejera con el saqueo y las sensación de frustración, reivindicando libertad como estrategia política y también quizás, para recuperar el ocio nocturno.

Toda esta violencia callejera pretende legitimar el discurso de la oposición, de deslegitimar al Gobierno de España, de atacarles por utilizar prerrogativas excepcionales con el único objetivo de acumular más poder de forma arbitraria y antidemocrática. En el cual se mezclan ultras de derechas, negacionistas del coronavirus, con ultras de izquierdas, antisistema y delincuentes. Porque por desgracia, muchas veces los extremos se tocan. Es verdad, que todos estamos en la frustración y el cansancio de tantas medidas, que muchas veces no se ven los resultados. Pero, otra cosa muy diferente, es la manipulación que se hace en determinados partidos políticos de la libertad, una narrativa que está calando en demasiadas personas. Todos niegan la legitimación de la violencia, pero hay demasiados discursos que parece que la amparan…

Se deben erradicar todos estos episodios de violencia callejera, porque pueden pasar de lo anecdótico de una minoría social, a crear un caldo de cultivo que se extienda en toda la población y cree un rechazo a adoptar medidas más exigentes, por ejemplo, el confinamiento domiciliario. Todo comenzó con las escenas de unos pocos centenares de manifestantes en el barrio de Salamanca de Madrid, metiendo ruido con sus cazuelas mientras blandían sus banderas españolas. Ahora, la violencia callejera se convierte también en una forma antidemocrática, de luchar contra el Gobierno de España y de reclamar una libertad, que nunca le había importado hasta ahora, mientras la ultraderecha alienta las protestas para expresar su rechazo al Gobierno y a su gestión del coronavirus…

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