Es una vergüenza el olvido de unas normas que garanticen el respeto de los derechos humanos a los inmigrantes y refugiados. Es una vergüenza que la muerte y el olvido de seres humanos se convierta en una costumbre, en una noticia que ha dejado de ser titular. El pasado 27 de enero, se encontró el cuerpo de un niño, se llamaba Samuel, estaba en descomposición en una playa cerca de Barbate (Cádiz), no hubo ningún tipo de comunicado hasta el domingo. La Subdelegación del Gobierno quizás no quiso ocultar la noticia pero tampoco le dió la relevancia que tenía por temor a su previsible repercusión. Samuel tenía seis años, y estaba huyendo junto a su madre de la miseria y los horrores de la República Democrática del Congo. Una peligrosa aventura de cinco mil kilómetros que terminó cuando alcanzaban Europa, a Veronique, su madre, también la encontraron muerta en una playa cercana pocos días después. Los dos querían llegar a Europa y los dos han muerto.

Esta vez no hay imágenes, como hubo en el caso de Aylan Kurdi, aquel niño de origen sirio cuyo cuerpo apareció en una playa de la costa turca en septiembre de 2015 y cuya imagen conmovió al mundo. Esta vez la conmoción no ha sido tan generalizada en los medios porque no ha habido imagen, en la era de la imagen, parece que una muerte se olvida más fácilmente, se convierte en un drama sin rostro.

No sabemos cuántos Aylan, cuántos Samuel o tantos otros hombres y mujeres se encuentran en el fondo del mar sin que sus familias, ni nadie sepan algo. Ahora, que es noticia la idea del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de construir un muro contra la migración en la frontera de su país con México, nosotros los europeos tenemos un muro natural, el mar Mediterráneo que se ha convertido en un gran cementerio de personas inocentes y olvidadas, que buscan algo mejor.

Todos fuimos Aylan y todos nos olvidamos. Ahora, podemos ser todos Samuel, pero mañana lo habremos olvidado. España, como puerta de entrada de África es responsable de no hacer todo lo posible para que los migrantes tengan rutas seguras y legales. Las muerte de Samuel y de su madre, y de tantos miles que mueren cruzando el Mediterráneo deben recaer en la conciencia del gobierno español y de la Unión Europea y en su política de muros. Y, todos nosotros hemos de sentir vergüenza.

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