El problema no es la religión, sino el fanatismo y la intolerancia, características que no pertenecen exclusivamente solo a una creencia. El fanatismo religioso históricamente ha sido el culpable de conflictos bélicos, asesinatos y actos terroristas en nombre de un dios, idea o convicciones consideradas como absolutas. El fanatismo no sólo deforma la verdad sino que hace perder la perspectiva de las cosas. La diferencia entre religioso y fanático, es que el religioso ve a la religión como un medio para creer y conocer a su dios, mientras que el fanático ve a la religión como un dios dogmático e incuestionable.

El fanático sea o no sea religioso, es dogmático, autoritario, carente de espíritu crítico, maniqueo y que odia la diferencia. Da igual que su fanatismo venga del Islam, del cristianismo o del judaísmo. Ellos creen que son poseedores de la verdad y que el fin, cualquier fin, justifica los medios. Estamos en las disyuntivas entre fanatismo y pluralismo, entre fanatismo y pragmatismo, entre fanatismo y tolerancia. El fanatismo no se puede anular con más fanatismo.

Me acordé de la frase de Voltaire: «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo», tras el atentado al semanario Charlie Hebdo y el asesinato de once miembros del semanario a manos de dos francotiradores yihadistas.

Nuestra sociedad, debe defender nuestros valores: el pluralismo, la democracia, la libertad de opinión, la liberación femenina… pero, no podemos que los fanáticos de ambos bandos provoquen una guerra religiosa en contra de los criterios fundamentalistas islámicos. Voltaire condenó el fanatismo religioso en el siglo XVIII, hoy en día sigue siendo el veneno que amenaza a la Humanidad, porque nadie es el representante de Dios en la tierra, ni nadie tiene el valor absoluto de la verdad. Ni la justicia, se puede basar en matar a más personas.

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