El 15 de febrero de 2003 fue un día en que millones de personas, en todo el mundo bajo el grito de «No a la guerra» se movilizaron contra la inminente guerra de Irak. Se suponía que la invasión de Irak, era para desarmar al régimen de Saddam Hussein de armas de destrucción masiva, que nunca se descubrieron. Una guerra ilegal, que violaba la Carta de Naciones Unidas, la legalidad internacional y que infirió con aquel eje del mal de las Azores, miles de muertos, un Irak en ruinas y el despilfarro económico en nombre de la democracia.

En España, era un «no a la guerra», para pedir al Gobierno español que dejara de dar apoyo, a la terrible matanza que Estados Unidos estaba proyectando contra el pueblo de Irak. No a las guerras en nombre de la democracia, porque lo único que se pretende es la sumisión de un país apoyada por la fuerza económica y militar de quienes se alardean de su misión liberadora.

Ahora no podemos de nuevo responder al ataque yihadista en París del 13 de noviembre con una alianza de gobiernos, liderada por Francia, para bombardear el territorio controlado por el ISIS, con el objetivo de eliminarlo. Debemos alzar nuestra voz en contra de la indefinición de unos partidos políticos españoles que antes de las elecciones generales del 20D, no quieren dar sus pautas, pero que han firmado el pacto contra el terrorismo yihadista que incluye intervenciones militares. España se puede añadir a una guerra, tal como el gobierno de Aznar, se unió a la invasión del Irak.

El radicalismo fundamentalista islámico es más fuerte que nunca, está expandido por todo el mundo y la solución no es bombardear para crear más odio y muertes. El ISIS no puede convertirse en la víctima musulmana frente a los opresores cristianos y radicalizar a amplios  sectores de la población en su rechazo a occidente que están sumidos en la pobreza y la desigualdad, gobernados y radicalizados en nombre de una religión.

Todos los países que se abanderan como adalid de la democracia en algún momento dificultaron, establecieron y apoyaron a gobiernos antiprogresistas y fundamentalistas islámicos para conseguir el preciado petróleo. Países como Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, España tienen un pasado imperialista y colonialista que dejó tristes recuerdos en la población de los países islámicos o Estados Unidos que ha dado apoyo a muchos gobiernos árabes para beneficiarse del fácil acceso a los recursos de estos países.

La desigualdad, la miseria y la opresión de los países de cultura islámica, no se soluciona con más guerras, hay que olvidar los intereses de grupos económicos del mundo occidental e intentar acabar con esas grandes diferencias entre sus ciudadanos. Porque los fundamentalistas religiosos islámicos no resolverán dichos problemas pero cada día su influencia es mayor en unas personas que poco o nada tienen que perder y que su extremismo religioso les lleva a la muerte como un paso para llegar a la eternidad. No en mi nombre, no a la guerra.

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