La perversión del lenguaje hace daño según cómo se utiliza. El lenguaje puede definirse como un sistema de comunicación. Muchas veces el lenguaje requiere poner en contexto las palabras para poder entender de qué se trata. El lenguaje se nutre en gran medida de la emocionalidad. A veces el lenguaje es ambiguo y otras veces su único objetivo es estigmatizar. El lenguaje puede ser agresivo, hostil y beligerante pero también puede ser dialogo, comunicación y empatía. Un lenguaje puede ser estar vacío o puede servir para llegar a un acuerdo.

Frases como estas las hemos escuchado y leído en estas últimas fechas, frases que pueden estar amparadas en la legalidad del Estado de Derecho y contra el intento de dotar de legalidad y legitimidad a las aspiraciones rupturistas por parte de la Generalitat de Catalunya. Sirvan como ejemplo estas de Mariano Rajoy: «Sin renunciar a nada», para defender la democracia española; «la principal responsabilidad del Gobierno es hacer cumplir la ley»; «lo que no es legal no es democrático»; «pretenden liquidar la soberanía nacional y la Constitución y no lo harán». Estas frases de la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, recordando que “por tierra, mar y aire, las Fuerzas Armadas y la Guardia Civil se encuentran donde haya que proteger los valores de la democracia y de la Constitución, pero también la integridad y soberanía de España»; «las Fuerzas Armadas son garantes del orden constitucional y defenderán la soberanía nacional tanto dentro como fuera de las fronteras españolas»; “siempre que España ha necesitado a las Fuerzas Armadas estas han respondido de inmediato”.  O, estas frase de Pablo Casado, vicesecretario de comunicación del PP, que a la posibilidad de que el presidente de la Generalitat proclamame la independencia, añadió: “¡Qué no se repita la historia porque igual acaban como Companys!”, lo que no sabemos si se refirió a su detención o a su fusilamiento el 15 octubre de 1940 en el castillo de Montjuïc.

La perversión del lenguaje está muchas veces en manos de «hooligans» a los que sólo les mueve el odio, sean centralistas o independentistas. Sin olvidar los medios de comunicación, columnistas, contertulios y demás personas que dan su opinión, que se caracterizan por la hostilidad; por el odio visceral e irracional a todo lo que no sea lo que ellos dicen que tiene que ser, sea a favor de la unidad española o del independentismo catalán. Se habla de una manera belicista, en la cual lo importante es ganar, imponer, derrotar…

El lenguaje y su perversión hace daño, porque todo no vale, estamos hablando de un conflicto político no bélico, con demasiado postureo a veces, en la cual las palabras deberían estar por encima de otro tipo de fuerza. El problema no se solucionará activando el artículo 155; ni con el denominado Cota de Malla, un plan de contingencia por el que las Fuerzas Armadas apoyan a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para garantizar la seguridad de determinados objetivos, lo que supone la salida del ejército a la calle, como si se hubiese elevado a 5 el nivel de la alerta antiterrorista. Ni siquiera se solucionará -aunque algunos lo piensen- deteniendo a Puigdemont, ni a los responsables de Òmnium Cultural (OC) y Assemblea Nacional Catalana (ANC)… Reivindiquemos la necesidad del lenguaje como comunicación, el valor de las palabras como el intercambio de información entre dos individuos: un emisor que envía un mensaje y un receptor que lo comprende. Donde no hay vencedores y vencidos, donde todo no se puede judicializar, ni abandonarse en la épica, ni caer en enfrentamientos cainitas, ni todos pueden exonerarse de cualquier responsabilidad.

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