Los riesgos de la crispación y del uso de la violencia verbal en política pueden acabar en violencia física. La política sirve para identificarse con una ideología, para expresar una filiación con un determinado partido político, para luchar por un cambio, pero también debería servir para respetar a tu adversario, que no enemigo. El grado de sentimientos, emociones y desavenencias que se pueden sentir en política, nunca deberían hacernos olvidar que hay personas diferentes que pueden pensar distinto a nosotros, y que eso comporta un respeto. De un tiempo para aquí, la crispación no se puede separar de la política, llegando a la falta de respeto personal, como forma de manipular y de distraer de las cosas realmente importantes. Haciéndonos perder la legitimación política y sentirnos decepcionados con el sistema. La violencia verbal como una radicalización en la dimensión lingüística, es una propensión a ofender a una provocación o un ataque, cuando no hay argumentos. Al igual que la violencia física es la demostración palpable de que no hay ni argumentos, ni inteligencia, ni respeto.

En España hemos vivido ataques de radicales a sedes de partidos políticos, batzokis, casas del pueblo e incidentes de «kale borroca» en Euskadi como represalia o apoyo a la banda terrorista ETA. Ataques, perpetrados desde el cobarde anonimato, que en Euskadi tuvieron que sufrir durante muchos años y también últimamente con la radicalización del «procés» en Catalunya, con violencia como pintadas, insultos intimidatorios, formas de señalamiento como los escraches, amenazas en las redes, pintadas y mensajes anónimos, agresiones a simpatizantes. Que normalmente tienen un silencio intolerable por parte del resto de partidos políticos no afectados. No es normal la violencia política físicamente en España, pero en tiempos de crispación, los riesgos de la violencia se puede encender con cualquier chispa. Porque el vandalismo es igual de reprochable si es al PP, PSOE, Ciudadanos, Vox o Unidas Podemos.

En esta misma semana, dos incidentes con Unidas Podemos: el candidato a las elecciones de la Comunidad de la Madrid, Pablo Iglesias, que se encaró este martes con un grupo de ultras de extrema derecha que querían boicotear un acto de la formación en Coslada (Madrid) y el ataque registrado con un artefacto inflamable, esta misma noche, en la sede del partido en Cartagena (Murcia). No basta con apuntar a los posibles responsables del ataque, ni la condena de los otros partidos políticos, si siempre hay «pero, sin embargo». La intolerancia de ciertos grupos y la falta de respeto entre adversarios, provocan más intolerancia y radicalismos entre sus correligionarios.

Los políticos son los responsables de bajar sus discursos de incitar al odio, de crear un caldo de cultivo para atacar a la democracia y a la dignidad de la ciudadanía en su conjunto. La intolerancia y el radicalismo pueden seguir creciendo y sus consecuencias son los riesgos de una política de crispación, basada en alusiones personales y tuits donde sobran muchas palabras y falta mucha reflexión. ¿Qué será lo próximo?  Ver arder iglesias, asesinar a un político o acabar con otro conflicto armado. Se están equivocando, señores y señoras políticos, en España sobra el odio, que no hemos sido capaces de olvidar después de 82 años, donde aún no se han cerrado las heridas de nuestra Guerra Civil. Y, el odio como el virus se contagia.

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