Asociamos la democracia como el régimen menos malo de los conocidos. Pero, existe ambivalencias entre el concepto de democracia como forma de sociedad y la gran contradicción concerniente a la representación política. Se supone que la democracia se basa en el respeto a los votantes, es decir, a lo que votan, a lo que eligen. Cuando en la democracia se plantea el concepto de representación del pueblo, comienza el debate sobre la proporcionalidad de la representación. Cuestiones como la edad de voto, el poder votar los analfabetos o las mujeres se han ido resolviendo a lo largo del tiempo. Pero, aún así muchos se cuestionan filosóficamente, que no políticamente, los resultados electorales de la democracia. ¿Qué legitimidad debe prevalecer, en unas elecciones legislativas: el respeto a los votantes o el acuerdo entre partidos?

La relación entre calidad y cantidad de democracia depende de la decisión de la mayoría, es cuando nos planteamos que los votantes quizás se equivocan, cuando no nos gustan los resultados electorales. Es cuando se plantea la opción de coaliciones políticas y de vetos como el cordón sanitario, aunque quizás sean opciones antidemocráticas y totalitarias, donde prevalecen los intereses espurios de los partidos políticos. Entonces se plantean las ambivalencias de la democracia, al no ser capaces de admitir que otros puedan pensar distinto, y querer cambiar la decisión del voto. Cuando el populismo se erige como alternativa frente a los actores tradicionales, con la clara intención de cambiar el sistema político, es cuando nos debemos plantear si el voto les otorga legitimidad o es necesario articular una coalición plural de sectores sociales y políticos para impedir que lleguen al poder.

El actual presidente francés, Emmanuel Macron ha obtenido el 27,4% de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales celebradas este domingo, frente al 24,3 % de la extrema derecha de Marine Lepen. El 24 de abril en una segunda ronda de los comicios, resultará decisiva para determinar quién ocupará la próxima presidencia del Gobierno en Francia. Los líderes de los partidos que se han quedado fuera de la pugna por el Gobierno han pedido a sus votantes que apoyen a Macron en la segunda vuelta, independientemente de su corriente política, para así a aislar políticamente a la ultraderecha de Le Pen. Como ya sucedió en las elecciones presidenciales del año 2002, cuando la izquierda se movilizó a favor de Jacques Chirac para evitar la victoria de Jean Marie Le Pen, padre de la actual candidata.

Cuando los partidos políticos tradicionales no son capaces de interpretar las demandas de cambio y los votantes eligen candidatos diferentes, al margen de la política de siempre. Entonces nos queda decidir entre las ambivalencias de respetar la decisión de los votantes que se sienten excluidos del sistema o que simplemente creen en poder cambiar la situación vigente. O poner un cordón sanitario al discurso radical, polarizador y excluyente. A lo mejor somos antidemócratas los que pensamos que hay que frenar los discursos que creíamos extintos, pero que están obteniendo votos gracias a la frustración, el oportunismo mediático y la exaltación identitaria. De momento nos toca esperar el 24 de abril y aprender en España.

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