Definir el «otro», es aludir a otro individuo más que a uno mismo, son aquellos que consideramos como como algo diferente. La otredad es no percibir al otro como igual, sino como alguien diferente, es referirse a las personas que sus características no pertenecen a mi grupo. El otro puede ser visto como alguien inferior, igual o superior a mí, pero tenemos tendencia a considerarlo desde un punto de vista superior. La palabra “otro” la utilizamos para designar cosas que no son mías o nuestras, que pertenecen a grupos o individuos que no son yo o los míos, todo aquello que no soy yo, es otro.

Decimos que tal uso o costumbre no me pertenece, nos atrevemos a decir lo que es normal o anormal para mi. Consideramos a los demás diferentes por el sexo, por la raza, por la cultura, por la religión, por forma de pensar, por su situación socioeconómica e incluso por mis preferencias estéticas. Está claro que todos somos iguales y en algo somos diferentes, pero nos equivocamos cuando mantenemos la concepción errónea de que si el otro no es igual a mí, es inferior. Cuando sentimos amenazada nuestra normalidad y nos cuestionamos que existen cosas diferentes a nosotros, creamos un rechazo.  El quid de la cuestión es si somos capaces de aceptar y de respetar el otro.

Desde el rol de género, en que la sociedad fabrica los estereotipos de lo que deben ser los hombres y las mujeres, de lo que se supone es “propio” de cada sexo. Fabricamos divisiones de acuerdo al grupo étnico, clase social, nivel generacional y todo tipo de variantes, desde nuestra ideología política, nuestra religión o una determinada situación económica. Creamos una situación marginal a los que son diferentes a nosotros. La otredad se convierte en un defecto social, en que somos capaces de encasillar a los demás, por ser diferentes a nosotros.

Somos capaces de considerar diferente al que ha nacido en otro país y lo consideramos extranjero, simplemente por tener la nacionalidad de otro estado. Negamos a las personas su derecho a la movilidad, sobre todo a los pobres, tenemos la inmigración como un peligro. No somos capaces de aceptar que el migrante huye por necesidad, que trae costumbres y cualidades de su sociedad y que seguro comparte determinadas características con la sociedad a la que llega. La simple aparición del extranjero rompe nuestra normalidad, porque mantenemos una actitud de distanciamiento hacía ellos y a sus normas. Solo necesitan una oportunidad, por parte de nosotros. 

Para superar la otredad, como defecto social, es preciso crear las condiciones que permitan a las niñas y a los niños aspirar a la totalidad de los valores, a que no caigan en modelos que separen entre lo propio y lo ajeno, entre lo mío y lo otro, que nadie busque diferencias entre personas y grupos, que nadie se crea con la potestad de juzgar como adecuado o inadecuado el comportamiento de un individuo, ni excluirle de nuestra sociedad. Porque ser diferente, pensar diferente o hacer diferente no es razón suficiente para discriminar, maltratar o matar a nadie.

Tenemos un problema social que es la otredad, que hemos de resolver, desde la violencia machista en todas sus manifestaciones: desde lo físico hasta lo psicológico. Pasando por la aporofobia, el racismo, la xenofobia,  la homofobia… y todos los prejuicios que tenemos en contra de los que creemos diferentes a nosotros. Mientras seguimos sentados en nuestros sofás, delante de nuestras pantallas, como observadores que no hacemos nada, para solucionar las diferencias, el hambre, las guerras, la violencia de género y todos los que dejamos morir en busca de algo mejor. Y, lo peor es que aún hay gente que piensa y vota, creyendo que las mujeres son inferiores a los hombres y justifica la discriminación y la violencia contra los migrantes ¿En qué mundo vivimos…?

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