irracionalidad e irresponsabilidadNo hay razones para una guerra, la guerra es la irracionalidad, es todo lo contrario a la idea de razón o racionalidad. Nunca hay razones para la guerra y siempre las hay para la paz. No existen razones para justificar la violencia, ni la represión, ni siquiera razones para combatir la misma violencia y la misma represión. Nos falta racionalidad incluso, como criterio para juzgar el comportamiento humano en una guerra. Una guerra es el resultado de la acción irracional, de la falta de la razón individual de los que mandan y sino colectiva, en la defensa de unos intereses partidarios y contrarios a la otra parte. A veces pienso que estamos locos o no aprendemos nada, que ni aprendemos, ni escarmentamos de nuestros errores. La guerra es una involución a la inteligencia, aunque existe la paradoja de que siempre, desde una parte: las guerras son justas e incluso santas.

El dolor no es algo útil, cuando hablamos de muertos, heridos, desplazados, … Nadie se plantea transformar el odio en lucha por la paz. La guerra nos impide ir por el buen camino y hacer lo adecuado racionalmente, es la irracionalidad personificada. El ser humano siempre está en esa continua ambivalencia entre lo bueno y lo malo, lo racional y lo irracional, lo que es y lo que debería ser, entre la paz y la guerra. Nos gusta referirnos a la realidad de una forma maniquea, donde llegamos a engañarnos nosotros mismos e incluso los hay que pueden defender hasta una guerra. Estamos en el siglo XXI, en Europa y tenemos una guerra injusta como todas ellas, donde los contrincantes unos atacan y otros se defienden para intentar vencerse mutuamente. La magnitud de los daños tanto humanos como económicos, nos hablan del  sino trágico que entraña una guerra como acción destructiva.

La guerra no tiene reglas, los contrincantes se olvidan del derecho internacional humanitario, como los Convenios de Ginebra, ese conjunto de normas que establecen lo que se puede y lo que no se puede hacer durante un conflicto armado. En definitiva, evitar la irracionalidad y preservar un poco de humanidad durante los conflictos armados, para así poder salvar vidas y aliviar el sufrimiento, respetar hospitales, escuelas, núcleos poblacionales… Pero, en esta guerra de Putin, como en casi todas las guerras no hay reglas de juego limpio, solo importa ejercer su poder sobre el perdedor o aniquilarlo si no accede a su dominación.

La sociedad internacional es la que ha permitido que una Rusia en declive, que lamenta la disolución de la URSS y que vuelve a tener aspiraciones de una nueva Rusia imperial, de la mano de Vladímir Putin, gracias a la compra de gas natural, petróleo y acero por parte de la Unión Europea. Europa tiene dependencia energética de un país que ya no es una gran potencia, pero que sigue teniendo el botón nuclear y que le sirve como advertencia para que la OTAN se mantenga al margen de su guerra en Ucrania. Con el dinero de Europa han hecho multimillonarios a un grupo de oligarcas rusos con superyates, grandes mansiones y cuentas millonarias fuera de Rusia, que han apoyado al Ejecutivo de Putin. Los mismos oligarcas que han comprado clubs de fútbol o residen en la costa del Sol. Es lamentable que estemos en riesgo de una Tercera Guerra Mundial por culpa de los delirios expansionistas de Putin y por algo que nadie ha querido ver, por motivos económicos.

La irracionalidad de la guerra de Putin no tendrá consecuencias, aparte de las sanciones económicas contra Rusia por la invasión de Ucrania, que incluye restricciones comerciales y financieras e incorpora a oligarcas rusos para bloquear sus bienes y capitales. Pero, ni los Estados ni los tribunales internacionales pueden enjuiciar los crímenes de guerra que se están cometiendo contra la población de Ucrania. Mientras tanto, millones de personas tienen que huir de su país, miles de personas muertas y heridas, ciudades devastadas por culpa de un tirano y la complicidad de una comunidad internacional que ha financiado una guerra comprando gas natural, petróleo, acero y cereales a Rusia.

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