La crueldad es la pasión por la cual un sujeto es capaz o bien de infligir daño a otro por placer o bien de presenciar el sufrimiento ajeno sin sentirse conmovido o concernido y hacerlo además, en ambos casos, con complacencia. No es solo el goce ante el dolor del otro, sino también la insensibilidad y la indiferencia del que la inflige. Parece que no hay límite a las atrocidades que el ser humano es capaz de cometer contra sus semejantes o contra aquello que tiene bajo su cuidado. Parece que la muerte no sea el término último de la maldad y tenga que existir una degradación hacia las víctimas, ejerciendo su potencia sobre ellas y cruzando todos los límites. El que ejerce la crueldad se nutre del poder de dominio, actuando de forma voluntaria y sin remordimiento. La crueldad existe en diversos episodios sociales, desde la violencia machista hasta en las propias guerras.

La crueldad es la prueba de la maldad y de la fuerza para cosificar a sus víctimas, infringiendo el mayor dolor no solo a ellas, sino que pretende hace sentir frágiles y vulnerables a toda la sociedad. No existen razonamientos, ni explicaciones que justifiquen la crueldad, pero sin embargo el ser humano sigue cometiéndola y apartándole de toda ética y razón. Es entonces cuando nos preguntamos cómo puede suceder algo así, cuando nos enteramos de un caso de violencia vicaria, violencia de género o la violencia injustificada en una guerra ante la indiferencia y disfrute del dolor producido. Donde por culpa de la irracionalidad de una guerra, se cometen los crímenes más atroces en nombre de un nacionalismo, de una ideología, por supremacía racial o por el protagonismo de sus mandatarios. La crueldad es universal, no tiene bandos, parece que cada guerra desencadena su propia barbarie.

Después de la Segunda Guerra Mundial, se establecieron normas, donde la justicia internacional penalizó los crímenes contra la humanidad. Aunque es un poco ilógico que se respeten las normas en una guerra: desde los campos de exterminio nazis, hasta la guerra de Irán e Irak, la guerra de los Balcanes, de Siria o ahora de Ucrania. Si la guerra es algo inevitable, por lo menos debía tener normas. Gran parte de las barbaridades que se cometen en una guerra son crímenes de guerra que son olvidados y que nunca serán juzgados por ningún tribunal internacional de justicia. Este horror es el que la comunidad internacional da la espalda, que la justicia es capaz de frenar y que los medios de comunicación muestran a medias. Cuando la irracionalidad aparece nadie es capaz de ponerle un muro de contención, por conveniencia o por miedo.

Cuando finalice la guerra de Ucrania, nos enteraremos o no, de todos los casos de crímenes de guerra, de la falta de conciencia moral individual o colectiva de unos soldados que atacaron a población civil. Donde dichos soldados por cumplir órdenes, se convierten en torturadores y perpetradores de la maldad humana. Cuando la violencia se legitima, aparece el instinto criminal que nos hace sentir vergüenza y que hace que la historia se repita. Aquí no es cuestión de opresores y de víctimas, de rusos o ucranianos, de ataque o de defensa, es cuestión de violencia, de un ataque a la humanidad y a los Derechos Humanos de todos. De ciudades como Mariúpol, Járkov, Kiev, Irpín o Chernígov, que están siendo arrasadas por las tropas de Vladímir Putin, los miles de inocentes que mueren, los que tienen que abandonar sus hogares. Y, también la venganza, el odio y la crueldad de los dos bandos. Cuando no se siente culpa por lo que se hace, se siente vergüenza por quienes somos.

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