En la política catalana, hay una constante, el uso político de la exageración, un discurso para llamar la atención y para tocar emociones. 
La táctica es la misma para secesionistas que para los constitucionalistas: exagera, que algo queda. La hipérbole se convierte en un modo exagerado de transmitir informaciones y valoraciones, para convertirse en demagogia, buscando el enfrentamiento, sacrificando el rigor para ganar fanáticos y frivolizando el problema.

Ni unos son golpistas ni los otros son represores, ni unos pueden erigirse en jueces únicos ni los otros son carceleros. En Catalunya, independentistas y antindependentistas buscan siempre exagerar una idea sin juzgarla en su medida real; consideran ambos, que el cuestionamiento de algunos de sus preceptos es una enmienda a la totalidad. El debate no puede reducirse a que cuando uno habla tienes que chillar más que el otro, para que te escuchen; ni decir una tontería más grande que tu antagonista. Porque la solución al «procés» no es el «contraprocés». Ni la solución a los lazos amarillos es un movimiento contralazos, Ni el movimiento independentista con las esteladas se acabará con las banderas españolas en los balcones.  Las exageraciones nos hacen distraen de los problemas reales y de las posibles soluciones.

La indolencia política del Gobierno de Mariano Rajoy, judicializó un problema político, ahora solo nos queda esperar, respetar la independencia judicial y la autonomía de la Fiscalía. Los políticos secesionistas en prisión, han cometido delitos y desobedecieron las leyes, pero no cometieron un delito de rebelión, porque no se practicó la violencia.  Ni tampoco creo que exista sedición, porque eso supone unos continuados desórdenes públicos que no hubo. Aparte de cuestionar la prolongación de una prisión preventiva, que les obliga a cumplir por anticipado una pena que está aún por juzgar.

Todos pecan de hipérbole, de exageración. Unos los que proclamaron la independencia sin un auténtico referéndum; otros los que no supieron atajarlo y se sintieron agraviados en el plano jurídico y emocional por la unidad de España; los que han hecho una interpretación desproporcionada del delito de rebelión y están pensando en un castigo proporcional. Pero, la mayor hipérbole sería la aplicación del Artículo 155 y la ilegalización de los partidos independentistas catalanes. Porque si Pablo Casado y Albert Rivera piensan que esas medidas les servirán para conseguir mayores réditos electorales y hacer disminuir el sentimiento independentista, se equivocan. Están jugando con fuego. El deseo embaucador de engañar a unos y de despreciar a otros, no puede, ni debe ser la solución a la crisis que se vive en Catalunya. 

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