odio

La expansión del odio es una de las peores pasiones que puede haber entre nosotros. Cuando se trata al otro como algo que ha de ser eliminado, cuando su mera existencia nos molesta, cuando tratamos de proyectar lo peor de nosotros contra los otros. Es como un ser contra el otro, una manera excluyente de tratar a los demás, de odiar a las personas y lo que ellas representan. Se odia a pueblos, a ideologías, a religiones, a diferencias de todo tipo, incluso por pensar diferente. Cuando se odia, se odia por lo que se es o por lo que representa, por desgracia lo odiado siempre será odiado.

El odio es como una ley de la física, en que en todo ciclo, el sistema siempre vuelve a su estado inicial y dicho ciclo puede repetirse cualquier número de veces. El odio entre españoles es una tradición, basta con mirar a nuestra historia. Por mucho tiempo que pase, por mucho que se transforme la sociedad, por más intentos de acercamiento y de abandonar los predicados del radicalismo, cualquier fricción entre personas que piensan o representan una diferencia son motivo de odio. El odio condiciona nuestra actitud, nuestra forma de ver las cosas, nuestro deseo de desunión, perdemos la poca objetividad que tenemos hasta desear su aniquilación, su expansión llega a todas las capas de la sociedad. 

Son misántropos, odiadores, «haters», personas que están definidas por el rechazo y el menosprecio a los demás, que les da igual si las conocen o no, que les gusta manipular a otras personas, que se creen superiores y desprecian a los que son diferentes a ellos, que menosprecian las normas, que construyen su propia moralidad, que no experimentan nunca la empatía, que pueden ser violentos y que parte de su odio lo emplean en humillar a los demás. No son de una ideología en concreto, ni de una posición económica y social determinada, pueden ser y lo son de derechas o de izquierdas, conservadores o progresistas, en la política o en el deporte. El odio es una pasión que muchas veces se puede y se manipula.

La expansión del odio entre españoles, se ve y se percibe en nuestras calles, en los medios de comunicación y en las redes sociales, quizás un poco difuminado en estas ocho semanas de confinamiento. Hasta que ciertas personas creyeron que debían demostrar su hartazgo, por los errores en la emergencia sanitaria y la incertidumbre económica,  y comenzaron a protestar en la calle madrileña de Núñez de Balboa, después dichas protestas se trasladaron a otros barrios de Madrid y a otras ciudades de España. Manifestantes envueltos en banderas españolas, que no queman los contenedores, ni destrozan el mobiliario urbano, ni siquiera la policía blande las porras contra ellos, que piden libertad y la dimisión del Gobierno de España, además de incumplir la legalidad presente y desoír las recomendaciones sanitarias.

No sabemos si este movimiento ha surgido de una manera natural, espontánea  e imprevisible, o por lo contrario ha sido impulsado por algún partido de la derecha. Las manifestaciones han aumentado su número, la afluencia de personas y el eco, es cada vez mayor en los medios de comunicación y al final han degenerado hasta en escraches a políticos del Gobierno de España. Ahora, solo faltaba la otra parte, los que estaban en contra, los que hasta ahora respetaban el confinamiento, los que también son tan misántropos como los otros, los que son capaces de odiar de la misma manera y de sentir las peores pasiones, estos con la Bandera republicana, con gritos de muerte al Rey y a sus hijas. No importa quién haya empezado, ni si los otros lo hicieron antes, todos son el espejo del odio que transmiten nuestros políticos en el Congreso de Diputados y en sus discursos, ellos son los principales culpables de la expansión del odio entre españoles…

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