En la actualidad, hay en torno a 1.500 millones de personas que profesan el islamismo, es la segunda religión del mundo en número de fieles tras el cristianismo. Según el Centro de Investigaciones Pew con sede en Washington, entre el 2010 y el 2050, los musulmanes habrán aumentado en todo el mundo en un 73%, seguidos por los cristianos, que se proyecta crezcan en un 35% durante el mismo período. Lo cual significa que el islam, superará al cristianismo como la religión más practicada del planeta hacia fines del siglo, según el estudio.

Más de un tercio de los musulmanes se concentran en África y Oriente Medio, la población musulmana será el 4,09 por ciento en la Unión Europea en 2020. Y, en 2050, crecerá hasta el 8,12%. En España, los musulmanes representan el 3 % de la población española (más de 1,7 millones de personas), de los cuales cerca de 530.000 son españoles y 1,17 millones extranjeros. El crecimiento de la población musulmana subirá a casi cuatro millones en 2050.

El crecimiento demográfico de las familias musulmanas, es mayor que el de las familias cristianas, no creyentes o de otras religiones, por lo tanto el islam seguirá creciendo. El flujo de refugiados y la alta natalidad ha convertido a las grandes ciudades de Europa en ciudades multiculturales donde la población musulmana ha creado auténticos guetos en barrios periféricos, donde se han convertido en un tipo de califato que tiene sus propios líderes, sus propias leyes, sus propias escuelas y sus mezquitas.

Los suburbios se han convertido en la meca del islamismo radical en Europa. Barrios con letreros en árabe, carnicerías que venden exclusivamente halal, locutorios para hablar con sus familiares y enviar dinero, la llamada de la oración de sus mezquitas, las mujeres con velo integral. Los jóvenes musulmanes sin recursos, sin trabajo, caen en las manos de los imanes radicales y se convierten en candidatos terroristas. Pero, el problema no es la religión, es la falta de trabajo, la falta de oportunidades, la islamofobia, la falta de un clima de convivencia y respeto evitando la estigmatización. Quizás los musulmanes no se han integrado, pero la sociedad tampoco les ha ayudado.

La “política del miedo” ante la inseguridad provocada por el terrorismo y ante la ola migratoria, nos hace confundir que el islam es un peligro. Pero, no podemos pensar que el problema está en la religiones, sea el cristianismo o el islamismo, el problema está en la desigualdad. No hay que crear y difundir estereotipos sobre los musulmanes con problemas de convivencia, extremismo ideológico, violencia o terrorismo. El Islam no es violento, ni radical, ni los musulmanes son irracionales ni están motivados por el fanatismo religioso. Admitir todo esto es dar la razón a las ideas islamófobas de que el islam tiene una cualidad inherente que lo hace peligroso, aunque la radicalización de cualquier religión la convierte en peligrosa. El radicalismo religiososo del islam coincide con la retórica de los movimientos de extrema derecha que rechazan el islam, los extremos siempre se juntan.

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