Éxodo significa salida, la emigración de un pueblo o de un grupo de gente de su lugar de origen a otro lugar en que establecerse. Para el cristianismo y el judaísmo, en el libro del Éxodo y en la Torá respectivamente, se narra el éxodo de los judíos hasta llegar a la tierra prometida. No sabemos si fue una historia real o una tradición religiosa, pero todos sabemos que desde la antigüedad siempre han existido las migraciones de personas en busca de lo que tienen. Y, que las sociedades se han asegurado de marcar su territorio y alejar a todos aquellos a quienes consideren una amenaza.

En España, hemos conocido muy bien lo que es el éxodo, en los años 60 se produjo una migración del campo a la ciudad. Primero se dirigió del campo a la capital de la provincia, luego a las regiones industrializadas, y por último a Europa. Con este éxodo rural la sociedad española se desarrolló definitivamente, se asimiló al resto de países desarrollados y el medio rural quedó despoblado y envejecido. Cambiando no solo de residencia, sino también de profesión, pasando de ser un país de campesinos a un país de obreros industriales y de servicios. Nos hemos olvidado muy pronto que nuestros padres y nuestros abuelos tuvieron que inmigrar, por razones económicas o políticas. Nos hemos olvidado muy pronto que también muchos europeos huían de la persecución por su raza, religión, nacionalidad u opiniones políticas. 

Ahora que cada día vemos en los medios de comunicación, miles de personas que arriesgan y pierden su vida con la esperanza de hallar un lugar seguro. Mientras las redes de contrabando de personas convierten el Mediterráneo en una fosa común. Mientras la inestabilidad, los diversos conflictos en Oriente Próximo y la hambruna de África provoca el éxodo de miles de personas que llevan con ellos una historia de necesidades, violencia y otras tragedias humanas. El fin no es llegar a Europa es escapar. Mientras para otros lo único importante es el control de fronteras, los discursos populistas y xenófobos de protegernos del problema de la inmigración, proteger nuestro mercado laboral, nuestra economía, nuestra cultura y hasta nuestra religión.

Esto no es solo un problema europeo, es un problema mundial, mientras llegan muertos de naufragios de pateras, a las costas de Cádiz. Miles de personas desde El Salvador se dirigen a la tierra no prometida, a Estados Unidos, son familias con niños pequeños, hombres y mujeres en busca de un futuro mejor. Más de 2.600 kilómetros, atravesando Honduras, Guatemala, México para no poder entrar, trabajar o quedarse a vivir en Estados Unidos. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, elevaba su retórica antiinmigración antes de las elecciones legislativas del martes, les espera el ejército norteamericano en la frontera y la advertencia de que se den la vuelta.

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