El fútbol es una manera como cualquier otra de hacer política, aunque el deporte, no es política en sí mismo, es inevitable que su trascendencia social le hagan convivir con la política. Todo lo que hacemos los seres humanos es política, incluyendo, el fútbol. Se defiende unos colores, un país, en Eurocopas, Mundiales y Juegos Olímpicos, la gente se pinta la cara, proclaman cantos, agitan banderas y símbolos, ellos también hacen política defendiendo su patria. El deporte, no es el culpable del problema, ni de las tensiones previas entre dos comunidades enfrentadas por cuestiones identitarias o ideológicas.

Los que defienden que el deporte no debe mezclarse con la política, quizás sean también, los que piensan que la política es para los partidos políticos y que el resto debemos conformarnos con asistir  desde la barrera y votar cada cuatro años. Todo lo que hacemos y pensamos es político, la política está en todo y todo lo que hacemos es política. Si no estamos de acuerdo en esto, siempre nos queda aquella frase de Franco que decía aquello de «haz como yo y no te metas en política». La política es esencial para no caer en manos de un dictador, necesitamos la política y los políticos para solucionar nuestros problemas aunque, muchas veces, se empeñen en crearlos y no sean capaces de aportar soluciones. Por eso a mí no me molesta afirmar que el fútbol también es política y que los problemas ni los soluciona ni los empeora, los tiene que solucionar la política.

Durante la dictadura de Franco se acusó al régimen de tapar con retransmisiones de partidos los problemas del país, el llamado «opio del pueblo», se intentaba que fuera el monotema en las discusiones de café y en las casas. No había problemas, solo fútbol. Pero, también sirvió en tiempos de la Transición, para canalizar las aspiraciones de los ciudadanos gritando en los partidos: «amnistía, libertad», mientras que en Catalunya se gritaba: «Llibertat, AmnistiaEstatut d’Autonomia«.  Era una venda para algunos y para otros significó la posibilidad de alzar su voz y expresar sus opiniones. 

El proceso secesionista catalán invade todos los espacios polémicos y el fútbol no podía estar excluido, ayer se disputó la final de la Copa del Rey, llevamos semanas de comentarios, de opiniones a favor y en contra de la libertad de expresión de unos y el respeto que reclaman otros. El resultado es lo menos importante, los goles pasan desapercibidos, la brillantez del juego desarrollado importa menos que su trascendencia política. Solo importa que el independentismo no sea capaz de pitar al himno más fuerte que los que tararean el himno nacional, que no entren camisetas amarillas y que haya más banderas nacionales que «esteladas»…

Los que dicen que no hay que mezclar el deporte con la política lo mezclan, tanto unos como otros. Pero, además se está recortando la libertad de expresión de las personas, requisando la policía las camisetas amarillas con lemas independentistas, como el año pasado se prohibió en la misma final de la Copa del Rey, la entrada de «esteladas». Estamos marcando unos conceptos de peligrosidad que van desde el tuitero, el rapero, el titiritero, el actor, el pensionista hasta una camiseta amarilla con mensajes independentistas. Lo peligroso no es la política en el fútbol sino los recortes de la libertad.

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