El final de la ideología es el populismo, porque solo es una forma de movilización política, sea de derechas o de izquierdas, capitalizando sus éxitos y fomentando la protesta contra las clases políticas responsables de la situación actual, denunciando la  distancia entre gobernantes y gobernados. El populismo de derechas quiere mantener los privilegios de algunos excluyendo a los inmigrantes, las minorías sexuales o cualquier otro grupo minoritario. El populismo de izquierdas es el de la libertad y de la democracia directa. Una ideología política es como un sistema de valores que trata de explicar cómo es y cómo debe ser la realidad social en la que vivimos, es el pensamiento con el que queremos transformar el mundo en el que vivimos: la forma de verlo, comprenderlo, explicarlo, valorarlo y actuar sobre él. Donde casi todos tenemos una verdad ideológica, que difícilmente somos capaces de cambiarla por otra o de adaptarla. Las ideologías tienen su parte teórica y después una práctica, al final, la verdadera ideología es la que manifiesta cada partido en sus programas, en las leyes que aprueban y en las decisiones que toman. 

Los nuevos partidos políticos que han surgido, han pretendido hacer “otro modo de hacer la política”, acorde con los nuevos tiempos, han querido alejarse de las viejas ideologías, criticando a los partidos existentes. Pero, al final son también, subgrupos de los partidos existentes, teniendo algunos aciertos, pero cometiendo los mismos errores. Y, se han convertido en sucedáneos, oportunistas y líderes que apuestan más por el populismo que por las ideologías de siempre, donde muchas veces la ideología del partido no es la de todos sus militantes y menos la de sus votantes. Porque, casi siempre las ideologías a nivel personal, pueden ser diferentes que la de los partidos políticos. Donde otras personas no satisfechas, han buscado opciones diferentes como el ecologismo, el feminismo o la solidaridad, como nuevas formas ideológicas.

Si la política nos define como ciudadanos, nuestra ideología puede definirse a partir de unos valores y una forma de pensar, que tradicionalmente dividimos entre derecha e izquierda, buscando un supuesto equilibrio en un falso centro político. Si como dijo Einstein todo es relativo y no absoluto, una política de izquierdas puede ser diferente del partido que la aplique o del país que se implante dicha ideología. Si la ideología de izquierdas desarrolla sus políticas pensando en la sociedad, tienen como objetivo crear un estado del bienestar, sufragado por los impuestos y donde se potencia lo público sobre lo privado. Por otro lado, la ideología de derechas está más centrada en el individuo y en la iniciativa privada, favoreciendo la economía de las empresas y la privatización de servicios. Pero, al final ambas ideologías giran en torno al dinero y al capital, por lo que cada vez son menos diferentes, por no decir iguales.

Las ideologías han superado los dogmas y solo les queda adaptarse, con ciertas variaciones a un sistema capitalista, donde los partidos políticos tienen a unos incondicionales que intentan conquistar el voto de unos pocos afiliados y de una gran mayoría de indecisos, que se mueven entre la abstención, un voto cautivo y un gran porcentaje de dubitación hasta el día de las votaciones.  Los ciudadanos expresan su rechazo a los partidos políticos y cada vez más la renuncia del ciudadano a la política y la proliferación del populismo, como el final de las ideología. El populismo de derechas se basa en la dicotomía: pueblo y antipueblo, donde hay que defender el pueblo «de todo lo malo», conviviendo con la mentira, falseando los datos, creando amenazas mediáticas y haciendo creer a la gente que la presencia de los extranjeros, de los homosexuales y los comunistas son un peligro, y todo esto lo utilizan no sólo para engañar, sino para levantar los peores instintos y para matar la política.  Mientras el populismo de izquierdas lucha por la libertad y de la democracia directa, abriendo las puertas a una democracia tan imperfecta como la real.

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