El botellón o la botellona es una reunión masiva de jóvenes en grupo y al aire libre, en principio prohibido por las autoridades municipales, para combinar y beber bebidas alcohólicas que han adquirido previamente en comercios. Una situación de ocupación masiva del espacio: ruidosa, molesta y sucia, que se ha convertido en un problema de orden público. Después de más de un año y medio de pandemia, de confinamiento y de restricciones, la juventud exasperada ha decidido reivindicar el botellón como ideología de la libertad, de considerar un derecho el poder tomar los espacios públicos para beber. No es que es sea un fenómeno nuevo, porque siempre se han visto altercados entre jóvenes y policía debido a los botellones y a las denuncias de los vecinos. Incluso  algunas ciudades crearon botellódromos para intentar que se celebraran en las mejores condiciones higiénicas posibles y con la menor molestia a los vecinos, con el consiguiente fracaso.

La pandemia ha reinventado y generalizado la práctica del botellón, bien sea por el cierre del ocio nocturno o simplemente como forma de reivindicar las calles como símbolo de libertad. Aunque lo que para muchos consideran libertad, no es más que libertinaje. Donde parece que todo está permitido, donde el incivismo sale gratis, donde se han convertido en focos mediáticos y además se suman personas que solo tienen el objetivo de destruir el mobiliario urbano, atacar a la policía y aprovechar para el pillaje. No es un problema de Barcelona o Madrid, se puede añadir cualquier ciudad española, la única diferencia será el número de asistentes y la posible violencia.

El derecho a tomarse algo, fue el nacimiento de un modelo de libertad, una forma de entender la vida, que puso de moda Isabel Díaz Ayuso, durante la precampaña y la campaña electoral previa a las elecciones madrileñas del 4 de mayo. Donde los jóvenes en plena pandemia y restricciones en toda España, podían salir a las calles a beber, a disfrutar de la libertad. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que el botellón fue parte del gran triunfo ideológico del PP en Madrid. Algo que se ha unido a la fatiga pandémica que sufrimos todos, pero que ha estallado por parte de los más jóvenes. Hemos pasado del estado de alarma, a una supuesta prevención de normas sanitarias que muchos se han olvidado. Ni las vacunas, ni el supuesto casi final de la pandemia, han impedido el rechazo general de los jóvenes a no hacer el botellón, porque lo consideran parte de su libertad.

No son delincuentes, ni extranjeros, ni excluidos sociales, aunque puede haberlos. Son nuestros hijos e hijas, sin expectativas de futuro, haciendo botellones, orinando, vomitando y defecando donde pueden, dejando sus desperdicios tirados en cualquier sitio. Los que se resisten a desalojar las calles y las plazas, los que arrojan botellas y lo que tengan a mano, a la policía. Los que se envalentonan y se vienen arriba para destruir el mobiliario urbano, los coches o agredirse entre ellos. La mejor juventud de todos los tiempos reivindicando la libertad, sin darse cuenta de que tu libertad termina donde empieza la mía. Y, además muchos votarán a la derecha, pensando que son los garantes de la libertad.

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