Un simplemente virus nos obliga a hacer una cura de humildad a toda la humanidad o por lo menos a esa mitad del mundo que disfruta de un nivel de desarrollo, estabilidad y confort. Porque la otra mitad vive en la pobreza, en el subdesarrollo y en la carencia de lo más elemental, sin que exista ni las más mínima acusación moral. Cuando el coronavirus comenzó en China se observó como un tema local y no preocupó hasta que afectó al desabastecimiento en un mundo global. Ahora, ya es una pandemia y nos afecta a todos.

No importa que vivamos en una sociedad democrática, organizada, desarrollada y moderna. No ha servido de nada nuestro desarrollo científico y tecnológico para que un simple virus haya comenzado a contagiar y a matar personas. Un simple virus nos ha demostrado la falta de medios humanos y sanitarios, los recortes económicos en la Salud Pública, la falta de inversión en I+D para que se tarde un año en encontrar una vacuna. Corremos el mismo riesgo que con la fiebre española de 1918, pero con la diferencia de que han pasado 102 años y se supone que la sociedad ha evolucionado lo suficiente para combatir un virus. Tenemos mucha información y desinformación, para hacer una cura de humildad, porque la única medida que nos ofrecen es la contención con el confinamiento de la población.

El gran problema es que no sabemos los que realmente están contagiados, porque no se han realizado test rápidos a toda la población, por lo tanto el número de contagiados son los que han tenido unos síntomas más graves y que han tenido que ser hospitalizados. Aumenta la tasa de contagio y de mortalidad. No se mantiene una postura común de medidas contra el coronavirus en todos los países, se cierran fronteras pensando que los virus entienden de barreras políticas. Se confía en un confinamiento de la población, primero voluntario y después con alertas sanitarias nacionales. Y, todo esto con falta de camas, de UCIS, de respiradores, de mascarillas, de guantes, de gel, de personal sanitario y de una vacuna que proteja contra el coronavirus. 

Sin olvidar el impacto económico que va a representar a nivel mundial, una crisis mundial que pagaremos los de siempre, y que el miedo a lo desconocido generará un retroceso en inversión, en comercio y desempleo. Aparte de que se acabe en un pánico injustificado que nos lleve al desabastecimiento y a la revuelta ciudadana. Es hora de tomar decisiones concluyentes y definitivas por parte de todos los países, porque todos deben mirarse en el espejo de Italia y España. La solución la tenemos en lo que ha hecho China o Corea del Sur para acabar con la epidemia dos sistemas diferentes: el de China basado en cerrar todo y el confinamiento o del Corea del Sur en poner todo el foco en una reacción temprana y en tratar de identificar a los infectados para frenar el contagio. En España hemos llegado tarde al sistema coreano, solo nos queda establecer un estado de sitio y una paralización general de la economía para que el confinamiento sea real y se pueda atajar el contagio. No es solo una cura de humildad ante nuestra falta de soluciones en España, de momento es la única…

2 comentarios en “Cura de humildad para la humanidad.”

  1. La humanidad con el paso de los años ha ido progresando en avances científicos y tecnológicos encaminados a una mejor calidad de vida. De todas formas algo nos recuerda que siempre vamos por detrás, sea por catástrofes naturales o por grandes pandemias. Algo que nos hace conscientes de nuestra vulnerabilidad y finitud. De momento los seres humanos no hemos sido capaces de dominar todo e incluso muchas veces somos culpables de ir en contra de la naturaleza generando destrucción, violencia y muerte. En ese afán desmesurado de soberbia y autosuficiencia de la humanidad, unos creen en Dios y otros creemos en la Ciencia, aunque eso no impide a que tengamos que hacer una cura de humildad, sobre todo cuando comprobamos que nos puede pasar algo.

    Esta pandemia del coronavirus ha sucedido en el momento de más avance científico y de más información de todos los tiempos, pero aún así la realidad, nos demuestra nuestra insignificancia ante un virus o una catástrofe natural. El coronavirus nos ha demostrado nuestra vulnerabilidad, nuestra falta de previsión y de medios para poder hacerle frente.

    Quizás el Covid-19, nos parece la peor pandemia que hemos sufrido nunca, porque es la que tenemos ahora, pero la memoria es flaca. Nos crea estupor y pánico la incógnita de cómo se originan las enfermedades y que no tengan cura por el momento. Nadie se acuerda ya del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) causante del sida, que desde que surgió en 1980 han muerto más de 32 millones de personas. Solo en España, entre 1981 y 2017, casi 60.000 fallecimientos. Y, aún no hay cura, aunque se ha desarrollado un tratamiento que permite a los pacientes controlar el virus y prevenir la transmisión a otras personas.

    A lo mejor los científicos, encuentran la vacuna contra el coronavirus y el próximo invierno circula de nuevo y se convierte en un virus habitual de la gripe humana. Pero, siempre puede mutar la cepa y encontrarnos de nuevo ante una nueva pandemia. Deberemos de aprender de la experiencia, de nuestros errores, de nuestra falta de reacción, de nuestra falta de coordinación, de nuestro exceso de noticias falsas, de nuestra falta de inversión, de nuestra falta de medios humanos y económicos…

  2. Quizás es porque uno tiene ya una edad y recuerdo comentarios de mis padres, que en España entre 1957 y 1958, hubo un virus que también comenzó en China. Por culpa de la gripe asiática, murieron más de 10.000 personas y enfermaron más de cuatro millones de personas, según la prensa de entonces. Un virus con gran capacidad de contagio que atacó a los niños y los jóvenes. Se estima que murieron más de un millón en todo el mundo.

    Realmente con el paso de los años la humanidad siempre ha estado azotada por enfermedades que la medicina no ha tenido recursos suficientes para detenerlas. Desde los tiempos más lejanos se cuentan los confinamientos, las cuarentenas como forma de luchar con ellas. Parece que nada ha cambiado. Por mucho que todo ha avanzado, seguimos recurriendo al aislamiento como gran medida para luchar contra el contagio.

    Sería bueno volver a releer, en estas fechas, el libro La peste de Albert Camus, en el que se habla de una cuarentena en la ciudad argelina de Orán a mediados del siglo XX. De que las epidemias siempre llegan de improvisto, del cambio de vida de sus habitantes, del miedo, de la soledad, de la muerte, de la codicia, de la solidaridad. Donde el doctor Rieux, con su ética y moral, trata de contener la enfermedad por todos los medios y donde el periodista Rambert, cuenta todos los aspectos de la epidemia, todo lo bueno y lo malo de la gente…

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