Los abusos de conciencia, de poder y sexuales por parte de la Iglesia Católica, y en concreto por parte de algunos de sus miembros, no puede tener ningún tipo de tolerancia, ni por sus creyentes ni ante la Ley. Porque en el sacerdocio ni en la vida religiosa no puede haber personas que hagan daño a otras y especialmente los culpables de pederastia. La Iglesia Católica no puede permitir el encubrimiento de los hechos ni que los delitos prescriban. 

La Iglesia Católica no ha tenido la precaución de establecer unos protocolos de protección de menores, en los que se haya comprobado los antecedentes, los comportamientos y las posibles denuncias contra esas personas religiosas y laicas que trabajan en parroquias, escuelas, hospitales…, que están en contacto con niños y jóvenes. Pero, lo peor ha sido, que la Iglesia Católica ha tapado los posibles casos de pederastia, sin remover de su funciones sacerdotales a quienes han cometido esos supuestos abusos. No se puede calificar a una Iglesia por unos depravados, pero si se puede catalogarla y responsabilizarla por ser contraria al Evangelio y a la Ley.

Los abusos pueden consistir en conquistar, manipular y dominar la conciencia de la victima hasta actuar según los intereses y las orientaciones del manipulador, hasta depender la víctima directamente de aquel que ejerce el abuso. El abusador ataca psicológicamente, estigmatiza, acosa y consigue sus fines con más facilidad cuando son niños y jóvenes. Demasiados casos de abusos sexuales por parte de miembros de la Iglesia, con la ocultación de dichos casos, por parte de obispos, cardenales e incluso el Papa.

Casos de pederastia en Estados Unidos, Chile, Australia, Irlanda, España… Sin contar todos los casos anónimos que nunca llegaremos a conocer, son suficientes para sentir vergüenza por los actos cometidos y buscar soluciones, detectando y acabando con los abusos. El Papa, es el encargado de tomar las decisiones finales, es su responsabilidad la regulación de la conducta de todos los componentes de la Iglesia y colaboradores. Es el único y último responsable de sus objetivos, de repartir responsabilidades, pero también de sus actos. Por eso, Francisco debería dimitir y ser el primero en dar ejemplo a cardenales, obispos y sacerdotes que hayan cometido o encubierto abusos. Dice la Biblia: «Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo» (I Corintios, 11). 

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