El pluralismo, supone el reconocimiento de la diversidad, de la heterogeneidad: el derecho no solo a pensar y ser diferente, sino también a expresar dicha diferencia. El pluralismo presupone respeto, tolerancia hacía el otro, inclusión y diálogo, es la forma en que aceptamos, toleramos, reconocemos la diversidad de pensamientos, creencias y posiciones dentro de una sociedad. Los partidos políticos expresan el pluralismo político, fundamentado en la libertad de expresarse y asociarse en función de una específica posición política. La pluralidad nos ayuda a no tener una representación monopólica de las cosas, a no pensar que la realidad es una sola, a no tener un pensamiento único. Negar la diversidad es creerse con el monopolio de la verdad y eso es engañarse, es un intento de igualar el pluralismo.

En una democracia, uno de sus valores superiores es el pluralismo político, donde caben todas las ideas y opciones políticas siempre que se mantengan dentro de los límites de la Ley, del marco constitucional. La tolerancia y la discrepancia son dos valores contrarios que conviven en la pluralidad, donde muchas veces se pretende marcar líneas rojas y cordones sanitarios, para expulsar o arrinconar a determinadas ideas. Es el eterno dilema entre la libertad de expresión y los límites que legitiman y permiten dicha libertad. Las libertades ideológicas y de conciencia son inherentes al ideario de los partidos políticos, los ciudadanos los votan y son decisiones democráticas, que hemos de aceptar. Que existan partidos como Unidas Podemos o Vox, es porque así lo decide la soberanía popular.  Establecer líneas rojas y cordones sanitarios supone un cierto dogmatismo, una forma antidemocrática de no entender la diversidad y de no aceptar la discrepancia, que generan confrontación política y que nos puede hacer creer, incluso, que la ilegalización de ciertos partidos políticos es la solución.

Cuando se decide que no se puede pactar o negociar con un determinado partido político, estamos poniendo coto a la democracia, si basamos la política en la descalificación y en el ataque, convertimos la política en frentismo. Debe ser la ciudadanía la que con sus votos refrende la aceptación de una ideología, no se puede querer ilegalizar a un partido que ha sido escogido democráticamente como los demás, después es necesario dialogar, fomentar una convivencia civilizada y gobernar. El PP ha asegurado que no descarta sentarse a negociar con el PSOE la renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), pero se niega a hacerlo con un partido «radical» y contrario a la Constitución, como Unidas Podemos, que resulta es parte del Gobierno de España. Todo el mundo conocemos las diferentes ideologías, que unos u otros las voten es la riqueza del sistema democrático, no se puede hacer eliminar o desaparecer las decisiones de los ciudadanos y ciudadanas, por un interés eventual o particular. No se puede excluir a nadie, mientras respete la Ley, si no queremos negociar con alguien en particular, deberemos conseguir que tenga menos votos o dicho de otra forma que los otros tengan más refrendo…

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