Me gusta pensar en una ucronía catalana, en especular sobre las alternativas ficticias, en reconstruir la historia en base a un acontecimiento que nunca llegó a suceder, en el cual los hechos se desarrollan de diferente forma de como los conocemos. Todo proyecto político es implícitamente utópico, aunque las utopías de unos suelen ser las distopías de otros. Mientras que la independencia es la utopía de una sociedad ideal para los independentistas; es una distopía y una posibilidad cuya concreción se debería evitar para los constitucionalistas. La ucronía en definitiva, es política ficción, imaginar un desarrollo alternativo de la Historia, creando una historia paralela que se desarrolle de manera diferente a lo que en verdad ha ocurrido en la realidad, con toda clase de posibilidades, desde las plausibles a las imposibles. Es en definitiva, que hubiera ocurrido si…

Hace una década tan solo el 17% de los catalanes se definía como independentista, a partir de finales de 2012, los que abogaban por un Estado propio superaba el 40%, y hace menos de un año, se acercaba casi al 50% los favorables a la independencia de Catalunya del Estado Español. El independentismo ha vendido la idea de que era la única solución, para todos los problemas de Catalunya: que la independencia resultaría fácil, que se podría cerrar en términos amistosos con el Gobierno español y que Europa recibiría a la Cataluña secesionista con los brazos abiertos. Los políticos catalanes vendieron la idea de que la independencia era la única salida. Sin embargo, la política del gobierno español hacia Catalunya, fue el intento de centralización, la sentencia del Tribunal Constitucional contra el Estatut y la negativa a revisar el sistema de financiación autonómico creando la sensación entre muchos catalanes, incluso entre el catalanismo tradicional que siempre aspiró a defender todo lo catalán pero también la reforma y modernización de España, a convertirse en independentistas. 

El estilo de gobernar de Mariano Rajoy, es «dejar pasar el tiempo», esperar a que el problema se resuelva solo o, mejor, se disuelva y  jugar al anticatalanismo para ganar votos en determinados territorios del resto de España. Lo que propició que creciera en Cataluña el movimiento a favor de la separación. El independentismo era la única alternativa, porque nadie se preocupaba de ofrecer nada más, solo judicializar la política y esperar las soluciones de las sentencias del Tribunal Constitucional. Para muchos catalanes la independencia era mejor que quedarse en la España de la corrupción de Mariano Rajoy.

Mi ucronía, mi alternativa ficticia hubiera sido que el gobierno de Mariano Rajoy hubiera convocado un referéndum legal, pactado; como el gobierno de Londres celebró el referéndum sobre Escocia, ofreciendo el derecho a decidir a los catalanes. Conocer su opinión, previsiblemente hubiera dado el mismo resultado que llevó a los separatistas escoceses a la derrota en las urnas o no. Pero, a un problema político, se hubiera dado una solución política y no esperar a  este deterioro cada vez más evidente de la política catalana y española.

¿Qué hubiera ocurrido si el PP no hubiera impugnado el Estatut? ¿Que hubiera pasado si Puigdemont hubiera declarado la independencia según el «mandato popular» del referéndum ilegal del 1-O? ¿Que hubiera cambiado si Puigdemont hubiera sido embestido ya como President después de las elecciones del 21-D? La realidad supera a la ucronía, ninguna fantasía puede ser más compleja que la misma realidad.  El «procés» soberanista se ha convertido en una quimera, en una historia de malentendidos, de crispación, de odio, de ilegalidades y de legalidades que no han solucionado ningún problema. Cualquier historia paralela que se hubiera desarrollado de manera diferente a lo que en verdad ha ocurrido en la realidad hubiera sido mejor que la realidad que tenemos…

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